Ante la proliferación casi cotidiana de escándalos de corrupción y de signos evidentes de degradación moral en la sociedad dominicana —fenómeno que, lejos de constituir una anomalía local, parece extenderse como una enfermedad silenciosa a buena parte del mundo contemporáneo— he encontrado refugio en la lectura de algunos clásicos de rango verdaderamente universal.
En particular, he vuelto mis ojos hacia el grandioso legado de la literatura rusa, esa vasta arquitectura espiritual edificada a lo largo de tres siglos por hombres que no escribieron para entretener, sino para comprender, y que no buscaron agradar a su tiempo, sino descifrar el destino moral del ser humano.
Al iniciar, ya en el ocaso de mi propia vida, la relectura de Los hermanos Karamázov, esa obra que no es solo una novela, sino una interrogación permanente sobre el sentido último de la existencia, surgió en mí una inquietud que no tardó en adquirir la forma de una pregunta inevitable, casi necesaria, y que hoy deseo compartir con mis amables lectores.
Me pregunté entonces cuáles serían las similitudes, pero sobre todo las contradicciones, entre la concepción materialista de la emancipación y perfección del hombre defendida por Vladimir Ilich Lenin —quien creyó firmemente, como yo mismo en otro tiempo, en la posibilidad de redimir al ser humano mediante la transformación radical de las estructuras económicas y sociales— y la concepción absolutamente espiritual de Dostoievski, para quien la verdadera libertad no es una conquista exterior ni una concesión de la historia, sino una revelación interior, inseparable del despertar moral y de la responsabilidad individual frente al bien y al mal.
Me reconforta el hecho de que, al emprender este ejercicio, y al sentirme razonablemente familiarizado con las obras principales de ambos autores, tenía la certeza íntima de que no me encontraba ante una especulación fría ni ante un pasatiempo intelectual sin consecuencias.
Por el contrario, lo que comenzaba a tomar forma ante mí poseía la gravedad propia de las cuestiones que interpelan directamente la vida, porque cuando uno ha leído con verdadera atención a hombres como Lenin y Dostoievski, así como a otros grandes pensadores, comprende que sus ideas no pertenecen únicamente al ámbito de la teoría, sino al territorio más exigente de las decisiones humanas y de sus consecuencias históricas y morales.
El asunto, que reconozco como un reto de gran envergadura, encierra una de las tensiones más profundas que atraviesan la conciencia moderna. En esa tensión no se enfrentan únicamente dos hombres separados por el tiempo y las circunstancias —Lenin tenía apenas diez años cuando Dostoievski abandonó definitivamente este mundo—, sino dos concepciones radicalmente distintas sobre el origen del mal, sobre los caminos posibles de la redención humana y sobre el lugar último donde reside la libertad, entendida como esa facultad esencial que permite al hombre obrar de una manera o de otra, e incluso abstenerse de obrar, asumiendo por ello la plena responsabilidad de sus actos.
No se trata, por tanto, de una simple diferencia de opiniones, sino de una divergencia que nace en las raíces mismas de la comprensión del hombre.
Mientras Lenin creyó ver en las estructuras materiales de la sociedad la fuente principal de la opresión y, por consiguiente, el campo legítimo de la emancipación, Dostoievski dirigió su mirada hacia un territorio más incierto y perturbador, el interior mismo del ser humano, donde habitan simultáneamente la capacidad de amar y la inclinación a destruir y envilecer.
Para el primero, la historia era el instrumento legítimo de la liberación, el espacio donde la voluntad organizada de los hombres podía corregir las injusticias acumuladas y abrir paso a una nueva condición humana fundada en la justicia material y el crecimiento cultural. Para el segundo, en cambio, la historia era apenas el escenario visible de un drama más profundo y decisivo, uno que no se resolvía en las estructuras ni en los sistemas, sino en el interior mismo del hombre, allí donde la conciencia libra, en soledad, su lucha silenciosa contra sus propias sombras o demonios.
En esa diferencia no solo se separan dos inteligencias extraordinarias, sino dos maneras opuestas de comprender el sentido último de la existencia humana.
De un lado, la convicción de que el hombre puede ser liberado mediante la transformación de las condiciones materiales de su vida. Del otro, la certeza de que ninguna transformación exterior será jamás suficiente si el hombre no conquista primero su propia libertad interior, ese dominio de sí mismo que Baltasar Gracián entendía como la forma más alta y esquiva de soberanía. Entre ambos polos se despliega, silenciosa pero inexorablemente, una de las grandes tragedias espirituales de la modernidad, cuyas consecuencias aún gravitan sobre nuestro tiempo.
Z Digital no se hace responsable ni se identifica con las opiniones que sus colaboradores expresan a través de los trabajos y artículos publicados. Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de cualquier información gráfica, audiovisual o escrita por cualquier medio sin que se otorguen los créditos correspondientes a Z Digital como fuente.
