Por Gabriel del Gotto
“La justicia sin fuerza es impotente; la fuerza sin justicia es tiránica.” Pascal no escribió esa frase para adornar discursos. La escribió para desnudar sistemas. Y ahí cabe entera la justicia dominicana: una justicia que ha avanzado, sí, pero que todavía no manda igual sobre todos.
Sería mezquino negar lo evidente. El gobierno de Luis Abinader rompió esa tradición nacional de fingir que ciertos nombres no podían ser tocados. El Ministerio Público ganó autonomía, el Consejo Nacional de la Magistratura designó a Yeni Berenice Reynoso como procuradora general y expedientes como Antipulpo, Coral, Coral 5G, Calamar y Medusa llegaron más lejos de lo que este país estaba acostumbrado a tolerar. Algo cambió. Eso no está en discusión.
Pero tampoco nos engañemos.
Una justicia no se mide por los allanamientos que televisa ni por los expedientes que apila. Se mide por su capacidad de cerrar lo que abre. Se mide por su autoridad para llegar al final. Y ahí es donde la justicia dominicana sigue enseñando el mismo vicio viejo con zapatos nuevos: no cae igual sobre todos.
El caso de Elizabeth Silverio lo prueba. Fue condenada en octubre de 2024, su sentencia fue anulada, se celebró un nuevo juicio y en abril de 2026 volvió a ser condenada, esta vez a cinco años. O sea: el sistema pudo investigar, juzgar, corregir y volver a condenar en un plazo relativamente breve. Cuando quiere, la justicia aquí sí puede moverse. Sí puede apretar. Sí puede rematar.
Entonces la lentitud no es destino.
Es selección.
Ahí está Medusa. Participación Ciudadana reportó 94 aplazamientos en la fase preliminar. Y el juicio de fondo, convocado en septiembre de 2024, llevaba ya 18 meses y 22 reenvíos. Eso no es un accidente del procedimiento. Eso es una estructura de protección. Eso es una justicia que todavía permite que el tiempo haga el trabajo sucio que no pudo hacer la defensa.
Hay que decirlo sin miedo: en República Dominicana la impunidad ya no siempre se fabrica con absoluciones. Ahora también se fabrica con calendario. Con aplazamientos. Con tecnicismos. Con fatiga. Con esa parsimonia cobarde que convierte los grandes casos en pantanos hasta que la verdad pierde filo, el país cambia de tema y el expediente envejece mejor que sus víctimas.
Por eso el caso de Elizabeth Silverio importa más allá de ella. No por inocencia. No por compasión. Sino porque deja una pregunta colgando en el aire como una amenaza: si la justicia puede ser tan veloz con unos, ¿por qué se vuelve tan delicada con otros?
La respuesta no necesita filosofía.
Necesita honestidad:
Apellido, dinero, red, protección.
Sí, ha habido avances. Sería necio negarlo. Pero no confundamos movimiento con emancipación. La justicia dominicana sigue siendo más dura con los débiles que con los blindados. Acelera abajo y negocia arriba. Castiga más fácil de lo que se atreve.
Y mientras eso siga así, no tendremos una justicia libre.
Tendremos una justicia domesticada.
Con toga, con sello, con discurso.
Pero domesticada al fin.
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