Me encanta la música urbana. Lo confieso. Me refiero a su contagioso ritmo y a algunas de las voces de sus principales exponentes. Me cautiva la temática de muchas de sus composiciones, las cuales transfieren historias de amor y desamor a un ritmo tan atractivo como controversial.
La música urbana tiene estampas de nuestros barrios marginados que lleva como una impronta y que revela su origen en las periferias de las ciudades, a veces con un lenguaje tan crudo como la exclusión y la pobreza.
Escuchando ciertas canciones de Bad Bunny, J Balvin y Ozuna, entre otros, mi memoria evoca mis años mozos, cuando los dominicanos disfrutábamos de ritmos y canciones a la sazón no solo iconoclastas, sino también irreverentes.
Ciertos merengues de las décadas de los 80 y 90 (y más atrás), me hacen pensar que el fenómeno de la explotación de lo prohibido con fines comerciales, constituye una práctica menos novedosa de lo que parece.
De igual manera, modalidades de bailes que representan una afrenta, no son un nuevo invento, ya que ritmos como la lambada y el "baile del perrito", fueron apenas dos innovaciones que llegaron a escandalizar a nuestros padres.
La lista de movimientos artísticos que podríamos llamar "precursores" del menú que hoy nos ofertan los urbanos, incluye también a las "vedettes", una suerte de bailarinas cuyo principal atractivo eran sus voluptuosas contorsiones, expresadas bajo una erótica economía de indumentaria y que despertaba la lascivia del público masculino.
Vale la pena referir la libidonosa forma en que los jóvenes de entonces bailábamos el bolero, momentos que los más atrevidos aprovechaban para frotar al unísono con sus acompañantes algo más protuberante que sus corazones, no faltando quienes, cuales heraldos de Juan Luis Guerra, hacían burbujas de amor en las húmedas peceras de las damicelas.
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El problema de la música urbana no radica tanto en haberse convertido en una apuesta que cuestiona los paradigmas de una sociedad en constante cambio, como ocurrió con anteriores generaciones. Su gran falencia nos remite a que ha pasado a ser una herramienta que, en gran parte, rinde culto a la violencia, la drogadicción, la infidelidad y el sexo irresponsable, en lugar de enfocar su talento en la elaboración de propuestas más constructivas a partir de la realidad que resaltan.
Se concentra básicamente en reforzar los comportamientos más aberrantes, alimentando una actitud hedonista que se contrapone a los valores que sustentan una genuina autoestima (base de la salud mental), una sana relación y la convivencia pacífica.
Con respecto a los adultos, el desafío consiste en orientar a los más jóvenes asumiendo nuestra propia responsabilidad en la degradación ética y moral a la cual asistimos. De esta manera, rasgarnos las vestiduras, con la retórica de que todo tiempo pasado fue mejor, nos conducirá al inminente fracaso en el intento de reencauzar una generación víctima de lo que llamo una "anarquía moral", la cual se hace ostensible, como nunca antes, en el facilismo, los "proyectos" a corto plazo, el rechazo a los vínculos y la falta de compromiso social.
Se necesita un diálogo transparente entre jóvenes y figuras de autoridad, porque muchas de estas últimas continúan apostando a un doble discurso, ignorando la premisa de que un ejemplo vale más que mil palabras.
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