Las palabras del primer ministro de Bélgica, Bart De Wever, pronunciadas en el Foro Económico Mundial de Davos, podrían haber parecido un desliz retórico o un gesto aislado de incomodidad diplomática. Pero no lo fueron. Se trató de una señal política surgida de una urgencia estratégica. Luego de afirmar que “Europa está en una encrucijada”, De Wever formuló una frase que condensó el clima que hoy recorre las capitales del continente: Una cosa es ser un vasallo feliz, otra ser un esclavo miserable. El dilema, expresado con una crudeza poco habitual en la diplomacia europea, revela la profundidad de una crisis cuyo motor de fondo es el deterioro estructural de la relación entre la Unión Europea y Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump.
Desde su regreso a la Casa Blanca, la estrategia europea puede definirse como defensiva y vacilante. El propio De Wever reconoció que, desde los primeros días del nuevo mandato, los gobiernos del bloque intentaron apaciguar los impulsos disruptivos del presidente estadounidense con determinadas concesiones comerciales y políticas, tratando de preservar el respaldo de Washington en la guerra de Ucrania y mantener en pie la arquitectura de seguridad construida desde 1945. Obviamente, no dijo nada del entramado de privilegios del que Estados Unidos obtenía beneficios limitados. Hoy, ese cálculo muestra con claridad sus límites.
El punto de quiebre fue la ofensiva arancelaria de Washington. El 17 de enero, Trump anunció un arancel del 10 % sobre los productos procedentes de ocho países europeos, medida que entrará en vigor el 1 de febrero y se elevará al 25 % en junio. La decisión fue presentada como represalia por el envío de contingentes europeos a Groenlandia para maniobras militares. El impacto económico será considerable, ya que afecta cadenas de valor industriales, exportaciones estratégicas y sectores sensibles en un contexto de desaceleración y estancamiento prolongado en Alemania, antigua locomotora del bloque.
Pero sería un error reducir el conflicto a lo comercial. Groenlandia se ha convertido en el símbolo de una nueva lógica de poder. Tras conversar con el jefe de la OTAN, Trump reiteró que “no hay marcha atrás” en sus ambiciones sobre la isla, territorio autónomo de Dinamarca y enclave estratégico del Ártico. El mensaje para Europa es inquietante, incluso la soberanía de un aliado puede quedar subordinada a los intereses de Washington.
La presión se intensificó el 20 de enero, cuando Trump amenazó a Francia con un arancel del 200 % a sus vinos por negarse a sumarse al Consejo de Paz sobre Gaza promovido por Estados Unidos. El episodio confirmó que el comercio se ha transformado en un instrumento explícito de coerción política y que la relación transatlántica deja atrás “el régimen de normas compartidas” para convertirse en una relación de fuerza.
En este contexto, la advertencia de De Wever adquiere una dimensión que trasciende a Bélgica. Si Europa sigue retrocediendo, dijo, perderá no solo influencia sino también dignidad. Esta confesión revela que los gobiernos europeos enfrentan una tensión creciente entre la necesidad de preservar la estabilidad externa y la obligación de rendir cuentas a sociedades cada vez más críticas de la dependencia con Estados Unidos.
Comoquiera, esa apelación a la dignidad no está exenta de contradicciones. El “mundo sin reglas” que hoy alarma a líderes como Emmanuel Macron fue construido en gran medida por las propias potencias occidentales. Las intervenciones militares de la OTAN y de la Unión Europea, desde Yugoslavia hasta Libia, pasando por Irak y Siria, erosionaron el derecho internacional y vacían de legitimidad hoy y ayer el discurso europeo. En esa secuencia se inscribe también la política hacia Ucrania, que durante años alimentó una escalada que desembocó en uno de los conflictos más sangrientos de la historia reciente del continente. El resultado es una Unión Europea debilitada, fragmentada por intereses divergentes y cada vez menos capaz de actuar de manera coordinada.
En este escenario, la reunión prevista entre Trump, el rey Felipe de Bélgica y De Wever deja de ser protocolar. El mensaje es claro, Europa y Estados Unidos deben decidir si continúan unidos o si optan por la separación. De concretarse este último escenario, se cerraría una era de 80 años de atlantismo durante la cual Europa subordinó su seguridad estratégica al liderazgo estadounidense a cambio de protección.
La disyuntiva es estructural. Europa puede persistir en una política de apaciguamiento, aceptando presiones, aranceles y amenazas, o puede asumir el costo económico y político de construir una autonomía real. En Davos comenzó a insinuarse ese giro con el anuncio de Úrsula von der Leyen sobre un posible acuerdo comercial histórico entre la Unión Europea y la India, país miembro del BRICS, que crearía un mercado de casi 2.000 millones de personas y concentraría cerca de una cuarta parte del PIB mundial.
La conclusión más significativa llegó desde el propio corazón del atlantismo. El ex secretario general de la OTAN y ex primer ministro danés, Anders Fogh Rasmussen, afirmó que el tiempo de halagar a Trump terminó. La estrategia de apaciguamiento, sostuvo, fracasó. Trump solo respeta la fuerza, el poder y la unidad, y eso es lo que Europa debe empezar a demostrar si pretende conservar algún margen de autonomía.
Lo que está en juego, de hecho, es la supervivencia de Europa como actor político en un orden internacional que se redefine a gran velocidad.
