Cuando la pausa no es la paz

miércoles 8 abril , 2026

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Columna de Julio Santana

El anuncio de una tregua de dos semanas entre Estados Unidos e Irán produjo un alivio inmediato en los mercados energéticos, pero sería un error confundir ese respiro con una paz sólida. Lo ocurrido confirma más bien que el conflicto entra en una fase nueva, menos explosiva en apariencia, aunque no necesariamente menos peligrosa. Donald Trump retrocedió, como muchas otras veces, después de amenazar con una devastación mayor sobre Irán — el fin de toda una civilización—, mientras Teherán presentó esa marcha atrás como una victoria estratégica y política. Obviamente, ambos se atribuyen la imposición de sus condiciones vendiendo a todas luces fortaleza. Sin embargo, lo que queda al descubierto es la fragilidad del orden regional y la profundidad del daño económico ya causado.

La caída de los precios del petróleo tras el anuncio del alto al fuego demuestra que los mercados no reaccionaban solo a una guerra en curso, sino a la posibilidad de una ruptura prolongada del suministro global. El solo hecho de que el estrecho de Ormuz fuera bloqueado y luego eventualmente reabierto bajo condiciones técnicas y militares iraníes, nos recuerda que una franja marítima puede convertirse en una palanca geopolítica de alcance planetario. Y es que por ahí transita una porción crítica del comercio mundial de petróleo y gas.

La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, hace apenas unas horas advertía que aun si la guerra se detuviera hoy, el impacto negativo persistirá sobre el crecimiento global, la inflación y la seguridad alimentaria. Esto significa que no estamos solo ante una crisis de misiles y ultimátums apocalípticos, sino ante una perturbación con capacidad de desorganizar cadenas de suministro, encarecer fertilizantes, presionar los precios de los alimentos, poner en juego el suministro de agua potable en la región, elevar costos logísticos y castigar especialmente a los países más pobres y dependientes de energía importada. Todo ello, al margen del terrible drama humano de la guerra.

En ese mapa, los primeros perdedores son los países importadores netos de petróleo y gas, sobre todo aquellos con escaso margen fiscal para amortiguar el choque; también las economías vulnerables que subsidian combustibles o dependen de insumos externos para sostener su producción agrícola e industrial; los hogares de ingresos medios y bajos, golpeados por la inflación, el transporte, la electricidad y los alimentos, como ya es patente en el caso dominicano; finalmente, pierden las navieras, las aseguradoras, las cadenas logísticas y las industrias que no pueden absorber sobresaltos prolongados en energía y fletes.

También hay perdedores políticos. Si el poder estadounidense aceptó negociar sobre una base cercana a la propuesta iraní, la imagen de fuerza absoluta que quiso proyectar sufrió un agrietamiento muy sensible. En caso de que no la haya aceptado en esos términos y solo compró tiempo, entonces lo que queda es una tregua táctica bajo desconfianza mutua, igualmente inestable y de consecuencias impredecibles. Israel tampoco puede cantar victoria estratégica cuando uno de los resultados del conflicto es la indudable capacidad de respuesta iraní, además de una sorprendente resiliencia si es que no se pierde de vista que todos sus principales líderes fueron asesinados.

Estos hechos siembran dudas sobre una guerra abierta de larga duración, que en realidad nadie desea. Pero el hecho es que Irán sale ganando oxígeno diplomático y capacidad de relato, pero paga costos enormes en infraestructura, exposición militar y riesgo de nuevas agresiones. No ha de resultar extraño que, ante los astronómicos costos de los bombardeos, Irán mantenga firme una condición invariable: reparación de los enormes daños causados por quienes desataron el conflicto.

¿Quiénes ganan, entonces? Sin duda, los productores energéticos que se benefician de precios todavía altos respecto a los niveles previos a la escalada, aunque el desplome reciente recortara parte de esa renta extraordinaria. Ganan ciertos operadores financieros que prosperan en la volatilidad. Gana Pakistán al emerger como mediador útil en una coyuntura crítica. Ganan Rusia y los Estados Unidos por los altos precios del petróleo. Gana el complejo militar estadounidense-israelí que ha estado trabajando horas extras. También gana la lección geopolítica de que el estrecho de Ormuz no es solo una ruta comercial; también es una pieza de poder capaz de disciplinar cálculos militares y alterar las expectativas del mundo.

A nuestro juicio la anunciada tregua tiene pies de barro. Dos semanas no resuelven el fondo del conflicto y a lo sumo suspenden momentáneamente una escalada que ya mostró hasta dónde puede llegar. Si las conversaciones fracasan, el rebote del petróleo podría ser violento; si prosperan solo a medias, el mercado seguirá incorporando una prima de riesgo geopolítico persistente y si, finalmente, las negociaciones se convierten en simple prolongación verbal del campo de batalla, el mundo habrá entrado en una etapa de inestabilidad más crónica, con pausas tácticas y sobresaltos recurrentes.

A esa incertidumbre se añade el hecho de que Trump parece actuar como si la fuerza militar, las represalias económicas, la violación selectiva de las normas internacionales y la política sistemática de amenazas pudieran devolverle el terreno relativo perdido frente a China. Esa lógica revela más impotencia estratégica que verdadera fortaleza porque ninguna hegemonía en repliegue recupera legitimidad sembrando miedo, desorden e inestabilidad a escala global. Puede infligir daño, retrasar transiciones, castigar adversarios y forzar alineamientos temporales, pero no reconstruye por esa vía una convivencia pacífica mundial ni recupera de forma durable la autoridad moral, económica y política que sigue erosionando con sus propios excesos.

La respuesta inteligente para países como República Dominicana no puede ser la contemplación pasiva. Ya lo hemos reiterado: se impone revisar planes de contingencia energética, fortalecer reservas estratégicas, acelerar la diversificación de la matriz, vigilar inventarios críticos y preparar instrumentos fiscales temporales para amortiguar choques externos sin comprometer la sostenibilidad macroeconómica ni golpear los bolsillos de los que menos pueden.

El verdadero error sería suponer que el alivio momentáneo del crudo equivale a la desactivación del peligro. Adelantamos: en la guerra, los hechos llegan primero; la verdad, casi siempre, después.

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Julio Santana

Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.

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