Mi infancia se desarrolló en un ambiente de escasez, por la limitación de recursos, pero no de desabastecimiento, pues siempre tuvimos lo suficiente para vivir decentemente, aunque como personas pobres, no de clase media.
Nuestro hogar era de los tradicionales: papá, mamá y cuatro hermanos. Aunque mi padre murió estando nosotros adolescentes, mi madre no volvió a casarse, por lo que, aparte de la partida a destiempo, éramos una familia normal.
Una vez llegó a casa un primo que vivía en el campo y que supuestamente había tenido dificultades familiares, estaba desempleado y no tenía dónde vivir, por lo que su intención era quedarse en nuestra casa por tiempo indefinido. Mi padre conversó con él largamente, luego fue a su cuarto y sacó del “clavo”, que con sacrificio había ahorrado, un par de billetes de 500 pesos.
Los entregó a mi primo y le dijo: “no puedo recibirte en la casa, porque no tenemos espacio y existen otras dificultades, pero toma estos 1,000 pesos, trata de buscarte algún cuarto de alquiler por ahí y ayúdate con ese dinerito”.
Así mi padre despidió a su primo, quien se fue bastante conforme, ya que si bien no fue acogido en la casa como quería, recibió el apoyo y una ayudita económica de parte de mi papá.
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Cuando el primo se fue, nos apresuramos a preguntarle a nuestro padre por qué no lo había acogido en la casa, si se le podía hacer un espacio y recibirlo como huésped durante un tiempo.
Mi padre respondió diciendo algo así: “En caso de haberlo recibido, él se iba a acomodar. Aparte del consumo diario que implica techo, cama y alimentos, que es muchísimo más que los 1,000 pesos que le entregué, de seguro no iba a colaborar con los quehaceres de la casa, tardaría en conseguir un empleo o no lo habría conseguido y de seguro, en algún momento, tendría conflictos o contradicciones indeseadas con cualquier de ustedes, que son mis hijos. Al cabo de un tiempo, yo me vería en la obligación de pedirle que se vaya y él, al retirarse, lo haría disgustado y, tal vez, les diría a los demás familiares nuestros que yo lo boté de mi casa y que lo maltraté. Seguro no recordará la acogida, los días, semanas o meses de manutención que le daríamos y no estaría agradecido. En cambio -agregó mi padre- esos 1,000 pesos que le di no son ni una mínima parte de lo que sería tenerlo unas semanas en la casa en términos de costos, pero para él fue un gesto de apoyo de mi parte y se fue conforme. Es muy seguro que si algún amigo o familiar le pregunta por mí, él contestará: ‘el primo Delgado no me pudo recibir en casa, pero me dio una ayudita económica y eso se lo agradezco’; pero no sentirá ningún agradecimiento si lo recibo en casa y luego tengo que pedirle que se vaya”.
La reflexión y actitud de mi padre en ese momento me sirvió de experiencia y hoy día la practico y se la recomiendo a otros familiares y amigos. Es mejor sacrificarse y sacar un dinerito para alguien allegado que lo necesite y no acogerlo en tu casa, donde más temprano que tarde resultará en una carga.
Además, el saberse sin un espacio de hospedaje gratuito e indefinido, le serviría de motivación a hacer el esfuerzo de superarse por sí mismo o de regresar a hacer las paces con quien peleó o discutió en su pueblo u hogar que abandonó antes de tocar a tu puerta.
Pasa algo parecido, aunque no igual, cuando alguien te pide que le sirvas de garante o codeudor en un préstamo. Le dices que no puedes y mejor le ayudas con la primera cuota. Te saldrá más barato, menos arriesgado y más agradecido que si te comprometes a asumir una deuda que en cualquier momento que él se atrase te afectará y difícilmente te lo agradezca.
Eso también lo aprendí de mi padre, quien partió de este mundo hace 35 años, pero me dejó de herencia una enciclopedia de consejos de vida, que son invaluables y me han servido, en gran medida para convertirme en la persona que soy, en casi todos los aspectos.
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