Un gran número de situaciones de conflicto involucra la percepción de ofensa o agresión en al menos una de las partes. Así, la confrontación se plantea cuando una o ambas partes entienden que fue (fueron) ofendida (s) o lastimada (s).
El abordaje de estos conflictos, como de cualquier controversia, supone el empleo de una de dos estrategias por parte del ofendido: apelando a la violencia o, preferiblemente, recurriendo a métodos pacíficos.
Estos ofrecen un abanico de herramientas, las cuales tienen como común denominador terminar con el conflicto. En este menú figura el perdón puro y simple. Perdonar significa que el ofendido desestimará las acciones tendentes a lograr que se haga justicia o tomar venganza.
Para los fines de esta reflexión, establezcamos dos modalidades que podemos asumir a la hora de perdonar: "perdonar y olvidar" y "perdonar, pero no olvidar". Aunque ambas reacciones a las agresiones coinciden en el desistimiento de la justicia o la venganza, las mismas guardan una destacable diferencia.
Cuando "perdonamos y olvidamos" restablecemos el vínculo con el ofensor tal como estaba antes de producirse la ofensa. En otras palabras, la relación vuelve a ser como antes. Sin embargo, al "perdonar y no olvidar", no estamos dispuestos a restaurar los nexos con el ofensor bajo los mismos términos en que funcionaban en el pasado. O sea, se perdona, pero la desconfianza, la aprehensión o el temor a que las causas que provocaron las diferencias vuelvan a surgir, no desaparecen del todo.
- Lee también: Inseguridad ciudadana y resiliencia
La creencia popular ha restado mérito a "perdonar y no olvidar", refiriendo que se trata de una actitud muy fácil de asumir, en virtud de que, presuntamente, no exige sacrificios. Sin embargo, ambas aristas del perdón son genuinas acciones de amor y humildad.
Esto tiene su explicación en el hecho de que en ninguna de las dos situaciones guardamos rencor ni ira por el ofensor. En algunos casos esto se produce de inmediato, mientras que en otros el proceso resulta más dilatado.
Existen conflictos cuya resolución no puede implicar que “perdonemos y olvidemos". No estamos obligados a hacerlo, aunque sea el escenario más consistente con la convivencia social que promueve una cultura de paz. Nadie debe obligarnos a depositar de nuevo nuestra confianza y restaurar una relación cercana y armoniosa con aquella persona con quien ya se nos hace muy difícil llevar la misma relación.
La realidad es que eso solo habrá de ocurrir cuando estemos preparados (si algún día acontece), en el momento que así lo estimemos adecuado, cuando nuestra conciencia y nuestras convicciones nos lo dicten.
Es cierto que el perdón es un deber y que obra a favor de nuestra salud mental y nuestra paz espiritual. Es cierto que el perdón es un símbolo de nuestra grandeza de espíritu y de nuestro amor al prójimo. Pero demandar o exigir "perdonar y olvidar" constituye, de la misma manera, una violación de un derecho sagrado que debe ser respetado.
La persona ofendida tiene derecho a vivir cada una de las etapas del duelo que supone la ofensa, sobre todo en aquellos casos en que la misma arrastra consigo una pérdida y un daño irreparable. En algún momento del proceso, muy probablemente, el perdón llegará. ¡Demos tiempo al tiempo!.
Z Digital no se hace responsable ni se identifica con las opiniones que sus colaboradores expresan a través de los trabajos y artículos publicados. Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de cualquier información gráfica, audiovisual o escrita por cualquier medio sin que se otorguen los créditos correspondientes a Z Digital como fuente.