Encontrar un zafacón público en las calles y/o avenidas del Distrito Nacional puede convertirse en toda una aventura. Caminar metros y metros sin hallar dónde depositar la basura es una muestra de porqué los desechos sólidos en República Dominicana son un tema de debate.
Mi recorrido.- Como el sol se pone abrasador, decido comprar a las 11:43 de la mañana del martes 27 de diciembre la denominada bebida "frío-frío" para batallar contra el calor; primera vez que la voy a tomar y tengo grandes expectativas. Me detengo frente a un triciclo, que contiene varias botellas de plástico llenas de jugos de diferentes frutas, ubicado frente a una reconocida tienda de juguetes de la avenida John F. Kennedy, esquina avenida Ortega y Gasset.
Busco con la mirada al posible vendedor del frío-frío, quien aparece de pronto ante mí. Primero le pregunto los sabores de las bebidas. “Tengo de chinola, de fresa y frambuesa”, explica rápidamente Víctor Francisco Peguero, conocido como Papi, quien lleva más de 15 años en esa esquina vendiendo.
“¿Cuánto cuesta?”, le pregunto. Responde que tiene desde 25 a 60 pesos. “Uno de 25 estaría bien, de chinola”, le indico. Papi procede a destapar una funda negra dentro del triciclo, debajo aparece un enorme y rectangular pedazo de hielo al que procede a raspar y depositar en un vaso de aproximadamente ocho onzas. Toma la botella de plástico con el jugo de chinola y lo vierte en el vaso que me entrega. Le pago y me voy a disfrutar de mi fría bebida.
Sorbo a sorbo voy tomando el frío-frío y me doy cuenta que solo se trata de un jugo de chinola con una cantidad exagerada de hielo, es decir, un jugo frozen. En menos de tres minutos, en el vaso solo queda una montaña de hielo que no sé qué hacer con ella. Lo que me queda es depositar el vaso en un zafacón. Cruzo la avenida Ortega y Gasset, en dirección este/oeste, por la John F. Kennedy, en busca de uno. Ya son las 11:50 de la mañana y el sol quema sin piedad mi morena piel.
Paso una, dos, tres calles y no hay ni siquiera la sombra o el indicio de que en ese recorrido hubo un zafacón en la historia de República Dominicana. El sol me sigue quemando, pero en esta ocasión, mi lado izquierdo de la cara. Por suerte, tengo puesta una camisa azul marina, con mangas largas que me protegen. Mientras camino, me doy cuenta de que lo que sigue no es una calle, sino la avenida Tiradentes. Me detengo a esperar que el semáforo dé la señal para que pueda cruzar, y en menos de un minuto logro hacerlo. Los zapatos me aprietan tanto que siento que una posible ampolla en mi tobillo izquierdo está germinando.

Avenida Kennedy sin zafacón | Foto: Kelvin de la Cruz.
Me desplazo a paso lento por las molestias de los zapatos, mientras el vaso blanco permanece en mi mano derecha. Algo que noto es que hay fundas negras en diferentes postes del tendido eléctrico, pero no están ahí como una forma de que las personas depositen la basura, sino que son el producto de la recogida de basura que deben hacer los empleados del ayuntamiento del Distrito Nacional, cosa que no tendrían que hacer si hubiese zafacones.
Cruzo la avenida Tiradentes con la esperanza de encontrar un zafacón, pero mi esperanza cae tan rápido como “Las papeletas de Lilís”. Paso a paso sigo por la John F. Kennedy y llego a la avenida Lope de Vega sin encontrar un zafacón. “Esto es increíble, ni un solo zafacón desde la Ortega y Gasset”, me digo.
Decido bajar hacia la Lope de Vega. Como es una avenida de renombre lo más probable y decente sería encontrar un zafacón o algo para depositar mi vaso. En la primera calle que paso, la José A. Soler, tengo que echar una pequeña carrera porque un desaprensivo motorista, que está lejos de mí, decide acelerar más cuando me ve. No entiendo su intención.
12:15 del mediodía y el sol está en su máximo esplendor, quemando mi rostro, todavía. Camino, camino y sigo caminando, pero un zafacón no aparece. Llego a la plaza Novo Centro y me doy por vencida, decido no continuar por la Lope de Vega porque si no encontré un zafacón, ya no lo haría. Doblo a la derecha, en la calle Andrés Julio Aybar, para llegar a la avenida Abraham Lincoln.
Mientras, los zapatos siguen apretando mis pies. Llego a la avenida Lincoln y voy bajando en dirección a la 27 de Febrero. En esa esquina, un mal olor a pescado podrido invade mi espacio personal. “¡Qué bajo!”, me quejo. Por suerte, ya el sol no me quema, pues las sombras de los árboles me protegen.
Cansada, la tentación de botar el vaso en la acera, como si nadie se diera cuenta, invade mi mente, pero recuerdo que hay una ley (120-99) que lo prohíbe y que el alcalde David Collado recientemente dijo que sometería a la justicia a quien sea sorprendido en infraganti delito. Además, como buena ciudadana que me considero, no lo hago; pero la idea sigue en mi cabeza.
Justamente en la Lincoln encuentro, “¡al fin!”, un zafacón, entre las calles Porfirio Herrera y la Víctor Garrido. Después de 45 minutos de un largo recorrido, aparece el primer zafacón. Sí, ya son las 12:35.

Gaciela Cuevas encontró un zafacón en la Lincoln, tras 45 minutos caminando | Foto: Kelvin de la Cruz.
Si encuentras un zafacón público, en cualquier lugar de República Dominicana, tómale una foto o haz un video y compártelo en las redes sociales con los hashtag #UnZafaconEnRD y #ZDigital.