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Trump, Irán y el lejano oeste

miércoles 15 abril , 2026

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Columna de Julio Santana

El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos revela que, luego de la tan anunciada tregua, las últimas declaraciones de Donald Trump y de su vicepresidente no corrigen la confusión anterior, sino que la agravan. En pocos días, Trump pasó de amenazar con destruir en horas a una civilización milenaria a aceptar una tregua provisional y, luego del fracaso de las negociaciones, a lanzar un bloqueo naval contra el comercio iraní.

Ahora habla como si la guerra “estuviera muy cerca de terminar”, mientras asegura que el estrecho de Ormuz se está reabriendo. Vance ofrece prosperidad a Teherán si renuncia al arma nuclear y Scott Bessent advierte que China no podrá seguir obteniendo petróleo iraní. Esa secuencia retrata una política exterior pendular, donde paz, coerción y victoria se mezclan a diario sin una arquitectura reconocible.

El punto central de esta crisis es que el triunfalismo de Washington no consigue ocultar una realidad mucho más ambigua. Estados Unidos no demostró de manera concluyente que alcanzó sus objetivos esenciales. El expediente nuclear iraní sigue abierto, el cambio de régimen no se produjo, la rendición incondicional nunca pasó de ser una consigna y las metas de Trump fueron mudando a medida que las anteriores perdían sustancia.

Mientras Vance vende un “gran acuerdo” basado en la renuncia al arma nuclear a cambio de prosperidad, la Casa Blanca sigue negociando justamente aquello que decía haber neutralizado por la fuerza.

En el fondo, la apuesta de Washington parecía seguir un libreto conocido. Descabezar al régimen teocrático, estimular fracturas internas, alentar una oposición capaz de convertir el daño militar en levantamiento político y, a partir de ahí, producir una transición subordinada a la hegemonía estadounidense. Pero esa ingeniería chocó con dos memorias históricas decisivas. La de 1953, cuando un golpe apoyado por Estados Unidos y el Reino Unido derrocó a Mohammad Mossadegh y restauró al sha. Y la de 1978-1979, cuando una insurrección popular barrió a la monarquía Pahlavi y abrió la era de la república islámica. En un país atravesado por esas dos heridas, la promesa de una “liberación” administrada desde Occidente difícilmente podía producir el desenlace imaginado en Washington.

Ahí, a mi entender, reside el fracaso del objetivo político prometido. Irán fue duramente golpeado, pero no domesticado, con el agravante de que sigue conservando capacidad de presión sobre Ormuz y margen de maniobra en la negociación nuclear. Por eso no sorprende que mediadores internacionales trabajen para extender la tregua y reabrir conversaciones, precisamente porque ninguna de las partes consigue imponer una solución definitiva.

La cuestión es que su después de semanas de bombardeos, amenazas y sanciones el adversario aún conserva cartas para afectar el mercado energético mundial, no estamos ante una resolución estratégica, sino ante un conflicto desplazado hacia otra forma de inestabilidad.

La nueva oferta de Trump añade una capa más de ironía al cuadro. El mismo liderazgo que demolió el acuerdo nuclear de 2015 y privilegió durante años la coerción sobre la diplomacia reaparece ahora ofreciendo integración económica como premio a la obediencia. La paradoja es brutal porque, primero, se destruye un marco de contención; segundo, se impulsa una guerra que dispara la tensión energética y, tercero, se vuelve a la mesa con una promesa de prosperidad condicionada a que Teherán se comporte como un “país normal”.

Entretanto, Bessent amenaza con cerrar a China el acceso al crudo iraní… ¡mientras Trump presenta la reapertura de Ormuz como un servicio “por China y por el mundo”! No parece una estrategia de reconstrucción diplomática, sino una reedición de la vieja lógica del garrote y la zanahoria, pero aplicada después de incendiar el granero.

Las contradicciones operativas están a la vista. Seis buques mercantes dieron la vuelta en las primeras 24 horas del bloqueo, pero al mismo tiempo el propio Trump insiste en que el estrecho se está abriendo y que los barcos “van y vienen”. Así, mientras la Casa Blanca habla de paz inminente, su aparato militar intensifica la coerción sobre uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta.

La diplomacia no está sustituyendo a la fuerza, lo peor: está siendo administrada desde la fuerza.

El rechazo a esta aventura ya no proviene solo de los adversarios tradicionales de Washington, sino también de aliados que padecen sus consecuencias sin haber decidido el rumbo del conflicto. Reino Unido toma distancia del enfoque estadounidense sobre Ormuz, mientras la guerra ya encarece la energía y tensiona el crecimiento.

No menos revelador resulta el choque con la Santa Sede. Trump volvió a cargar contra el papa León XIV por su oposición a la guerra, y el pontífice respondió reafirmando su condena del conflicto y advirtiendo sobre democracias vaciadas de virtud y sometidas al poder desnudo. A eso se suma el frente interno. La guerra sigue abriendo fisuras visibles dentro del propio campo conservador y agrava costos económicos que pueden debilitarlo en casa.

Visto con cierta distancia, Trump no parece querer reconstruir un orden internacional, sino que pretende algo más rudimentario y peligroso. Se asemeja al viejo oeste estadounidense, donde la ley era apenas la coartada del más fuerte y el revólver hacía de argumento. Solo que ahora el sheriff no entra al salón levantando polvo con las botas, sino que dicta ultimátums desde la Casa Blanca, bloquea puertos, ofrece prosperidad a cambio de sumisión y llama paz al instante preciso en que el otro acepta arrodillarse.

Una paz de pistolero y de chicote donde la fuerza suplanta al derecho y la obediencia se vende cínicamente como normalidad. Como el mundo real no es una película del oeste, lo más probable no es una paz duradera, sino una prolongación inestable con treguas precarias, coerción intermitente y nuevas explosiones.

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Julio Santana

Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.

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