Por Héctor Rodríguez Pimentel
La reciente afirmación de Danilo Medina de que “el PLD no apoyará a nadie en 2028” no es una simple postura coyuntural. Es, en realidad, una decisión estratégica marcada por un precedente histórico que todavía pesa en la política dominicana: la caída del Partido Reformista Social Cristiano tras la muerte de Joaquín Balaguer.
El paralelismo es inevitable. Y también inquietante.
Durante el liderazgo de Balaguer, entre 1986 y 2002, el PRSC fue un partido hegemónico, estructurado en torno a una figura central que garantizaba competitividad electoral sin necesidad de alianzas. Incluso en 1996, cuando pactó con el Partido de la Liberación Dominicana, lo hizo desde una posición de poder, imponiéndose con fuerza.
Pero tras la desaparición física de Balaguer en 2002, el PRSC entró en una crisis profunda. Sin un liderazgo unificador, perdió rumbo, identidad y capacidad de competir. Lo que siguió fue una larga etapa de supervivencia política basada en alianzas sucesivas: apoyó candidaturas presidenciales del PLD en 2012 y 2016; luego a Leonel Fernández en 2020, y más recientemente a Luis Abinader en 2024.
El resultado fue una lenta pero constante erosión. De obtener un 24.6% de los votos en 2002, el PRSC descendió hasta un marginal 1.17% en 2024. En el proceso, cedió candidaturas, espacios de poder y, sobre todo, su identidad. Se convirtió en lo que en la jerga política se conoce como un “partido bisagra”, útil para sumar votos, pero incapaz de liderar un proyecto propio.
Ese es, precisamente, el destino que el PLD busca evitar.
Cuando Medina insiste en que “el único voto será en la boleta morada”, está enviando un mensaje claro: el Partido de la Liberación Dominicana no repetirá el camino del PRSC. La consigna implícita parece ser tajante, antes desaparecer que diluirse.
La apuesta es arriesgada, pero también coherente desde el punto de vista estratégico.
Ir solo en 2028 permitiría al PLD preservar su marca, evitar confusiones y forzar una disciplina interna que obligue a sus dirigentes a trabajar por el partido, en lugar de negociar espacios en otras estructuras. Además, en un escenario de fragmentación, no se descarta que una candidatura independiente del PLD contribuya a forzar una segunda vuelta electoral.
Sin embargo, los riesgos son evidentes. Un mal desempeño —quedar tercero con un margen amplio— podría colocar al partido en un punto de no retorno similar al que vivió el PRSC. La pérdida de competitividad suele traducirse en fuga de dirigentes, debilitamiento territorial y desmoralización de la base. Declaraciones como las de Abel Martínez, quien no cierra la puerta a eventuales acuerdos, reflejan que esa tensión ya existe.
La historia ofrece una lección clara, las alianzas no destruyeron al PRSC por sí mismas. Lo que lo debilitó fue hacerlas desde la debilidad, sin liderazgo ni proyecto claro. Cada pacto redujo su tamaño político hasta convertirlo en una estructura casi inexistente.
Medina parece haber leído correctamente ese desenlace. Su decisión no es solo electoral, sino existencial, impedir la “bisagrización” del PLD.
La incógnita, sin embargo, permanece abierta. ¿Puede un partido sobrevivir largos años en la oposición, sin acceso al poder, sin alianzas y con una base electoral reducida? Esa misma pregunta marcó el declive del PRSC.
Hoy, el PLD se encuentra en una encrucijada similar, aunque con un desenlace aún por escribirse.
Entre el aislamiento y la resurrección, la política dominicana podría estar presenciando no solo una estrategia electoral, sino una apuesta a todo o nada.
El tiempo, y las urnas de 2028, tendrán la última palabra.
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