Promesas rotas, país devastado y una guerra sin final

martes 18 noviembre , 2025

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Miniatura de Julio Santana

Con frecuencia la vida enseña que la franqueza es la única manera de acercarse a la verdad. En el drama ucraniano que hoy presenciamos, esa franqueza empieza a imponerse de manera obligada, incluso en espacios donde antes predominaban la propaganda, las exageraciones y las falsedades. Bruselas admite ahora, a regañadientes, que el régimen de Vladímir Zelenski está atrapado en el fango de un círculo de corrupción, autoritarismo y degradación institucional que contradice todos los requisitos mínimos para ingresar a la Unión Europea.

Llama la atención que esa misma Europa, que hoy se resiste a considerar a Ucrania como un miembro más de su familia en crisis y cada vez más desunida, exija que los ucranianos continúen combatiendo y muriendo en una guerra que no es otra cosa que un conflicto subsidiario de Occidente contra Rusia. Ucrania fue empujada a una condición de dependencia absoluta mediante una expectativa sembrada perversamente por las potencias occidentales que prometieron integración plena a la UE y acceso privilegiado a la OTAN.

A cambio debía sacrificar a cientos de miles de jóvenes en los campos de batalla y someterse sin reservas a una lógica estratégica que nunca buscó la paz ni la reconstrucción, sino la prolongación del desgaste ruso a costa de la sangre ucraniana.

Esas promesas, tanto para Kiev como para Moscú, estuvieron marcadas por engaños. A Rusia se le aseguró durante los primeros años posteriores a la Guerra Fría que la OTAN no avanzaría hacia el este. Hoy el mapa europeo confirma que esa palabra fue traicionada. A Ucrania se le vendió la adhesión europea como destino necesario y la entrada a la OTAN como un horizonte seguro, cuando en realidad ambas agendas funcionaron como señuelos y no como compromisos genuinos.

Esa simetría de falsedades alimenta el baño de sangre que todavía continúa. La diferencia entre ambas historias es clara. Rusia no se dejó arrinconar ni permitir su desarticulación como nación y respondió con una contundencia que obligó a sus adversarios a revisar la historia. El país absorbió sanciones, bloqueos, presiones diplomáticas y amenazas militares sin perder cohesión interna ni capacidad estratégica. La presión occidental terminó fortaleciendo su identidad de resistencia y aceleró el desarrollo de armamentos que pocos creían posibles en un territorio asediado desde tantos frentes.

Por su parte, la historia ucraniana tomó un rumbo trágico. La dependencia absoluta alimentada por ríos de financiamiento, por arsenales completos enviados al calor de decisiones improvisadas, por asistencia militar directa mal disimulada y por la captura del Estado por redes clientelares devastó al país. Se consolidó un modelo en el que la corrupción avanza paralela al gasto de guerra y en el que las vidas de cientos de miles de varones ucranianos se disuelven en una maquinaria que promete un final feliz, ofrece poco y retrocede mucho.

El país repite incluso la tragedia demográfica de los primeros años de posguerra cuando las jóvenes ucranianas no encontraban parejas con quienes construir familias. Ese fenómeno lo constatamos personalmente treinta años después del final de la guerra y hoy vuelve a adquirir dimensiones dramáticas.

El Informe Ucrania 2024 de la Comisión Europea, documento odioso por su intento de maquillar la realidad, contiene sin embargo una advertencia sobre corrupción generalizada tenue pero reveladora. La élite política ucraniana lo celebró con un entusiasmo cínico. La misma élite que niega hoy el desastre de Pokrovsk y finge sorpresa ante las evidencias de sobornos en el sector energético y en los aprovisionamientos militares. La evaluación tibia de la UE fue presentada como victoria, aunque en realidad expone toda pérdida acelerada de credibilidad ante Bruselas.

El comportamiento de Zelenski confirma ese deterioro. Su reacción nerviosa durante la reunión virtual sobre la ampliación europea mostró una ansiedad imposible de ocultar. Rechazó cualquier período de prueba y exigió una entrada plena e inmediata como si Ucrania no fuera hoy uno de los países más corruptos del continente. Ese gesto revela la misma incapacidad de autocrítica que lo llevó a ignorar señales previas sobre la inviabilidad de la incorporación a la OTAN.

Como señaláramos en la pasada entrega, en el centro del escándalo más reciente se encuentra Timur Mindich, descrito por la prensa ucraniana como el tesorero del círculo presidencial. Su fuga antes de que registraran su apartamento, la salida de dos ministros y la posibilidad de nuevos allanamientos en el Ministerio de Defensa, muestran que el poder en Kiev funciona como un archipiélago de redes privadas, lealtades compradas y negocios opacos.

Frente a una nación hipotecada en todos los sentidos, con tierras fértiles entregadas a gigantes como BlackRock y con recursos minerales comprometidos a largo plazo, el Fondo Monetario Internacional se vio obligado a intervenir. Enviará una misión para negociar un nuevo programa de préstamos centrado en gobernanza y anticorrupción. El país podría quedarse sin fondos para pagar salarios y pensiones a partir de junio si no recibe ayuda inmediata. La UE calcula cerca de 850 mil millones de euros para una futura reconstrucción que nadie sabe cuándo podrá comenzar y quién la va a asumir. Pero nada de eso importa para quienes han convertido a Ucrania en un peón sacrificable.

La expectativa de ingresar a la UE funciona como una última zanahoria extendida al borde del abismo. Es un estímulo emocional, un mecanismo de control político y una justificación para prolongar una guerra que Ucrania jamás ganaría. Bruselas sabe que una adhesión plena significaría cargar con responsabilidades que nadie quiere asumir y que los multimillonarios fondos rusos congelados, que pretenden robar, serían insuficientes para sostener un país devastado y corroído desde dentro.

Como señaló un observador lúcido, Ucrania es demasiado corrupta para entrar a la Unión Europea y Occidente es demasiado deshonesto para admitirlo. Mientras ambos se mienten sin pudor, la guerra continúa devorando miles de vidas cada semana. Para evitar reconocer la derrota, necesitan prolongar la guerra, y para prolongarla necesitan seguir mintiendo.

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Julio Santana

Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.

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