Cada día, cada semana y cada mes que transcurre nos convence más de que estamos siendo testigos de una hegemonía en disputa. Si esa hegemonía perteneció sin mayores cuestionamientos a los Estados Unidos tras el descalabro de la URSS, entonces cabe esperar que se repita una regla tan antigua como los grandes imperios del mundo. Esto es, el lenguaje del poder se invierte, de modo que la coerción se presenta como estabilidad y la presión y las amenazas descarnadas como diplomacia y hasta como mecanismos de defensa. En medio de esta convulsión histórica, lo aconsejable es apartarse de ciertos reflejos propagandísticos mediáticos y mirar los hechos con objetividad, sin apasionamientos y mayor serenidad.
En estos tiempos, en que la banalidad parece hallarse en su punto de mayor apogeo, muchos creen que lo fundamental es imponer primero el relato, como si quien lo consiguiera asegurara de inmediato la supremacía dentro de un nuevo orden que todavía no termina de adquirir una fisonomía reconocible. Para nosotros, sin embargo, lo decisivo no radica en la primacía de la narrativa, sino en establecer qué conducta contribuye realmente a preservar un orden internacional sustancialmente más seguro, alejado de las aberraciones y engaños del modelo globalista, y cuál, por el contrario, lo debilita.
Como sabemos, el bloqueo de los puertos iraníes por parte de Estados Unidos persiste, mientras Teherán lo califica como un “acto de guerra” y, por tanto, como una violación del alto al fuego anunciado. No parece razonable, en efecto, la coexistencia de una supuesta tregua con medidas de presión que mantienen un inequívoco carácter coercitivo. Este dato resulta fundamental porque el estrecho de Ormuz no es una pieza marginal del conflicto, ya que, como es conocido, por esa franja de agua transita cerca de la quinta parte del petróleo y del gas que se comercia en el mundo —explicando algo más del 45% del consumo chino—.
Pese a la tregua, el paso continuaba severamente restringido, con apenas tres barcos cruzando en veinticuatro horas, frente a un promedio previo de 140 diarios. Medios respetables informan, además, que unos 20,000 marinos y cientos de embarcaciones siguen atrapados en el Golfo. Ante semejante parálisis, la presión financiera deja de recaer exclusivamente sobre Irán y se expande por los circuitos económicos del mundo, con consecuencias particularmente graves para la estabilidad de los países importadores de energéticos, sobre todo aquellos que padecen serios desequilibrios en sus cuentas externas y cargan, al mismo tiempo, con el oneroso servicio de su endeudamiento externo.
La asombrosa secuencia de decisiones contradictorias, y por momentos alarmistas, de Donald Trump no hace más que reforzar la incertidumbre. Recordemos que el 21 de abril pasó de advertir que no deseaba prolongar el cese del fuego a anunciar, poco después, una extensión de este, mientras mantenía el bloqueo naval y dejaba en suspenso el futuro de las conversaciones por la ausencia de la contraparte iraní. Según Trump, apoyándose supuestamente en informaciones procedentes de Islamabad, el liderazgo del país persa se encuentra dividido y habrá que esperar a que logre articular una propuesta unificada para llevarla a la mesa de negociaciones…
En cualquier caso, esa combinación de tregua formal, ahora extendida, y coerción material y militar vuelve más frágil cualquier intento de estabilización y transmite con claridad la idea de que la paz sigue dependiendo de dos voluntades mancomunadas, la de Estados Unidos y la de su aliado israelí, interesadas no solo en el control del petróleo y del estrecho de Ormuz, sino también en el afianzamiento del dominio israelí en esa región estratégica. Para ambas naciones, las reglas compartidas hace ya tiempo que son una ficción, sobre todo cuando por ningún lado aparece mencionada la entelequia de las Naciones Unidas.
A nuestro entender, el problema excede la clásica dicotomía entre un Irán victimizado y un Estados Unidos garante del orden. No caemos en la tentación de absolver a Teherán si instrumentaliza también su posición geográfica o si utiliza Ormuz como quizás su última formidable ficha de presión. Pero ¿resulta realmente convincente aceptar, sin examen alguno, la pretensión moral de una potencia que preserva mecanismos de asfixia económica y naval mientras habla en nombre de la paz? La cuestión central no es quién posee la mejor narrativa, y es evidente que Estados Unidos dispone de una formidable, sino quién actúa con mayor coherencia respecto de los principios que dice defender.
En este contexto, donde solo parecen salir ganando ciertas inversiones bien informadas en las bolsas, se añade el factor de la erosión de credibilidad del propio liderazgo estadounidense. Un sondeo de Reuters/Ipsos, concluido el 21 de abril entre 4,557 adultos, mostró que el 51 % de los encuestados cree que la agudeza mental de Trump ha empeorado, que solo el 26 % lo considera una persona equilibrada y que su aprobación general se mantiene en 36 %, el nivel más bajo de su actual mandato. Desde nuestra posición, ajena a las ciencias de la conducta humana, sería imprudente convertir esos datos en un argumento psicológico fácil. En todo caso, conviene ser realistas. Las señales contradictorias del presidente son observadas con creciente preocupación incluso dentro de la propia sociedad estadounidense.
Finalmente, las recientes críticas de Trump a Europa y a la OTAN parecen formar parte de una “estrategia indefinida” basada en la presión simultánea sobre adversarios y aliados. Todo indica, en ese sentido, que Washington está empujando a los europeos a explorar opciones de seguridad alternativas. De ahí que estemos siendo testigos de una pérdida de previsibilidad estratégica que no fortalece la estabilidad mundial, sino que la subordina cada vez más al impulso, a la improvisación geopolítica, a la amenaza y al recurso de la fuerza militar.
No tratemos de escoger un villano absoluto. Nombremos, más bien, con claridad una tendencia peligrosa, a saber: mantener una ruta energética esencial bajo coerción, hacer convivir una tregua con bloqueos y encubrir con el lenguaje de la legalidad prácticas de fuerza, amenazas y sanciones no le conviene a nadie.
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