Un día después de decir que México y Estados Unidos podían llegar a un acuerdo sobre Nafta en "horas", el ministro de Economía mexicano, Ildefonso Guajardo, se mostró ayer jueves más cauto ante la prensa en Washington, donde sigue la negociación sobre el tratado de libre comercio de América del Norte.
"La idea es hacer todo lo que podamos para acabar este acuerdo lo antes posible", manifestó Guajardo al llegar a la Oficina del Representante de Comercio para continuar con las conversaciones. "Es mejor tener un buen acuerdo que uno rápido".
Estados Unidos y México están negociando en Washington sin Canadá por quinta semana consecutiva y en medio de gran expectación por la posibilidad de que puedan llegar a un acuerdo preliminar entre ellos que permita incorporar en breve al tercer socio de Nafta.
Según la versión oficial, han estado negociando sin Canadá porque quieren cerrar temas que solo les afectan a ellos antes de regresar a una mesa trilateral, algo que no ocurre desde mayo.
Ambos tienen prisa por llegar a un nuevo Nafta antes que termine agosto para poder cumplir los plazos legales que permitan a Enrique Peña Nieto firmarlo antes de que Andrés Manuel López Obrador asuma la presidencia de México el 1 de diciembre y a Donald Trump antes de que los demócratas puedan ganar más peso en el Congreso en las elecciones legislativas de medio término que se celebran en noviembre.
La ley estadounidense obliga al Gobierno a informar de un acuerdo al Congreso 90 días antes de su rúbrica.
Una de las dos principales diferencias que han complicado desde el principio la renegociación del Nafta son las reglas de origen para el sector del automóvil. Estados Unidos quiere que el contenido regional del producto final sea mucho mayor al 62,5 por ciento actual y que la mayor parte de ese sea fabricado por él.
El otro gran punto de fricción es una cláusula automática de caducidad que obligaría a revisar el también llamado TLCAN cada cinco años y que Washington defiende frente a la oposición de sus socios.
La renegociación del Nafta, en vigor desde 1994, fue una imposición de Trump a sus socios bajo amenaza de retirar a Estados Unidos de él.
El mandatario considera que el tratado -del que asegura que es el peor firmado nunca por su país- ha beneficiado a México y Canadá pero no a Estados Unidos.
Quiere sobre todo reducir el déficit comercial con México -que fue de 70.952 millones de dólares en 2017- y una mayor producción de manufacturas, recortando las que entran a la zona desde China.