Firmeza y luz

Los prejuicios y las marcas del odio

martes 22 enero , 2019

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Foto: Ángel Bello

Los prejuicios constituyen uno de los temas de la agenda tanto a nivel nacional como internacional.  A nivel local, por ejemplo, podríamos citar el caso de nuestras relaciones con Haití, en las cuales se producen con frecuencia fricciones, algunas de ellas producto de la intolerancia de ciertos grupos a ambos lados de la frontera.

De la misma manera, vale la pena mencionar la controversia en torno al control migratorio en Estados Unidos, el cual ha sido catalogado por diversos sectores  como xenófobo. El caso de Venezuela también ha venido ocupando un asiento preferencial en el debate, por la crisis humanitaria que vive esa nación y que ha llevado a cientos de venezolanos a abandonar su tierra. 

El pasado sábado Ecuador fue estremecido con la muerte de una mujer ecuatoriana que estaba embarazada a manos de su expareja, quien resultó ser venezolano.  El hecho se produjo en plena vía pública, ante la mirada conmocionada de los ciudadanos.  Las autoridades tomaron la decisión de comenzar a exigir un certificado de buena conducta apostillado (autenticado por su país) a todos los inmigrantes venezolanos, una medida a todas luces prejuiciada. 

La conducta basada en prejuicios ha tenido presencia a lo largo de la historia, teniendo uno de los más tristemente célebres referentes en el holocausto nazi que exterminó a seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, sin dejar de mencionar el genocidio por parte del grupo étnico hutus en perjuicio de los tutsis en Ruanda, durante el año 1994, producto del cual murieron 800,000 personas.

Los prejuicios se basan en los estereotipos, lo cual hace referencia a un conjunto de características que es asociada con determinados grupos.  En función de eso, se asume que todos los miembros de ese grupo son iguales, sin excepción (generalización). Comportan una resistencia emocional al cambio, llevando al individuo a permanecer fijado en su actitud ante las víctimas y evitar  el contacto con todo tipo de informaciones contrarias que lo “amenace” con hacerle ver su error. 

Los prejuicios son el producto del aprendizaje, en los grupos primarios fundamentalmente, donde el proceso de socialización del niño se va construyendo basado en esos modelos.  Aunque también las experiencias traumáticas, tales como la violación sexual o el maltrato físico, pueden dejar secuelas que desencadenen en este tipo de comportamiento.  El caso colombiano, con la violencia y el terror de medio siglo que ha significado la guerrilla, representa un caso emblemático de las huellas indelebles que pueden causarnos ciertos episodios a lo largo de nuestras vidas.

Los prejuicios están presentes no solo en las guerras y los conflictos sociales, sino también en muchas familias disfuncionales, en la escuela, en las empresas, los partidos políticos y otros grupos, dejando como saldo el odio, el agrietamiento de las relaciones, y la violencia.

Los mejores antídotos para combatir los prejuicios son la educación y el acceso a fuentes de información confiables y fidedignas. En el caso de eventos traumáticos que hayan dejado cicatrices muy difíciles de cerrar, entonces es recomendable buscar ayuda profesional.  En uno y otro caso, de lo que trata es de promover la paz y la convivencia social.  Lo que debemos procurar es el establecimiento de unas relaciones saludables con los demás.  Nuestra aspiración ha de ser también nuestra propia salud mental, porque, al fin y al cabo, el prejuicio funciona como un mecanismo de defensa que nos protege de hacernos conscientes de lo que en realidad somos.


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Ángel Bello

Ángel Bello

Psicólogo con especialidad en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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