Desde las primeras semanas de su segundo mandato al frente de la principal potencia económica y militar del mundo, Donald Trump ha concentrado sus esfuerzos en dos prioridades clave: buscar una solución al conflicto ruso-ucraniano y restablecer el orden económico interno. En este último ámbito, destaca especialmente su apuesta por una agresiva política arancelaria, que representa un retorno al proteccionismo nacionalista característico de la posguerra, con el objetivo de revitalizar la base industrial de Estados Unidos y reducir su déficit comercial.
Aunque el conflicto ruso-ucraniano sigue dominando la agenda mediática internacional, especialmente con los intentos por proteger infraestructuras energéticas críticas, es la política económica de Trump la que podría desencadenar repercusiones globales más amplias, afectando la estabilidad económica mundial y las relaciones diplomáticas y comerciales de Estados Unidos.
La estrategia de “proteccionismo global” no es simplemente una táctica intimidatoria, sino una política orientada a reducir los graves problemas económicos internos acumulados de la gran economía del norte: creciente déficit comercial de EE. UU., falta de dinamismo de su base industrial y redefinición de ciertos acuerdos comerciales clave, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), ahora conocido como USMCA. Este enfoque se da en un contexto de creciente presión económica interna y externa.
En enero de 2025, Estados Unidos registró un déficit comercial récord de 131,400 millones de dólares, con un aumento del 10% en las importaciones, alcanzando un máximo histórico de 401,200 millones. Este incremento fue impulsado por la anticipación de aranceles, lo que llevó a las empresas a acelerar las compras externas. Las formas metálicas acabadas, los preparados farmacéuticos y las computadoras fueron los productos que más impulsaron este aumento.
La brecha comercial de EE. UU. se amplió con varios de sus principales socios comerciales. Con China, el déficit alcanzó los 29,700 millones de dólares, frente a los 25.300 millones de diciembre de 2024. Con la Unión Europea, el desajuste aumentó a 25,500 millones, comparado con los 20,400 millones previos. Con Suiza, pasó de 13,000 millones a 22,800 millones, y con México, de 15,300 millones a 15,500 millones. Estos desajustes son interpretados por Trump como un “subsidio criminal” al crecimiento de economías extranjeras, una crítica que justifica su postura proteccionista y la necesidad de una competencia más equitativa frente a prácticas comerciales desleales.
Expertos prominentes, como Michael Bloomberg, exalcalde de Nueva York, consideran que varias de las medidas económicas de Trump son insuficientes y pueden ser contraproducentes. Bloomberg advierte que las reducciones fiscales propuestas solo profundizarán el déficit fiscal y que los recortes en servicios públicos afectarán negativamente a la calidad de vida de los ciudadanos, evidenciándose en la clausura de parques y el deterioro del sistema de salud, sin generar los ahorros prometidos. Además, la reducción de la nómina federal podría intensificar las tensiones sociales y disparar el desempleo sin aportar beneficios reales para la economía a largo plazo.
Por otro lado, la implementación generalizada de aranceles, que van del 10% al 49%, alcanzando hasta el 54% con China, ya está generando presiones inflacionarias significativas, afectando el poder adquisitivo de los consumidores estadounidenses y sumiendo en el pánico a las principales mercados de valores del mundo.
Esta incertidumbre económica está ralentizando la inversión extranjera y desacelerando el comercio internacional. Sin embargo, sectores como la industria del acero y el aluminio estadounidense respaldan el proteccionismo, argumentando que estos aranceles son esenciales para proteger empleos nacionales y fomentar una competencia más justa frente a subsidios y subvenciones extranjeros.
Los países afectados, como China, la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Sudáfrica e India, han implementado represalias, dando lugar a una guerra comercial con consecuencias devastadoras para las cadenas de suministro globales. Empresas como Ford y General Motors ya enfrentan dificultades con el suministro de componentes, lo que eleva sus costos operativos y afecta la producción. Esto ha impulsado a algunas empresas multinacionales a trasladar su producción a países como Vietnam, México e India (reshoring y nearshoring), buscando eludir los aranceles.
Los países menos adelantados (PMA), aunque no son los objetivos directos de estas políticas, ya están sintiendo los efectos adversos. La reducción del acceso al mercado estadounidense, junto con el aumento de los costos de insumos esenciales, podría poner en grave riesgo la estabilidad económica de estas naciones. Además, se prevé una caída en las inversiones extranjeras directas, lo que agravará aún más su situación. Estos países, muchos de los cuales están en América Latina, corren el riesgo de quedar atrapados en mercados de bajo valor agregado, limitando su capacidad de desarrollo sostenido y perpetuando la desigualdad.
En el caso específico de la República Dominicana, cuyo principal socio comercial es Estados Unidos, el proteccionismo de Trump tendría un impacto directo en las zonas francas industriales, que destinan un 74.32% de su producción al mercado estadounidense. También afectaría a productos básicos con bajo nivel de procesamiento local, dificultando aún más el siempre postergado proceso de diversificación económica del país.
Desde una perspectiva geopolítica, las agresivas medidas arancelarias están deteriorando las relaciones diplomáticas de EE. UU. con sus aliados tradicionales. La Unión Europea y Japón han expresado su preocupación por la violación de principios del comercio multilateral, alertando sobre las consecuencias para alianzas estratégicas como la OTAN. Este escenario favorece indirectamente a Rusia y China, que están aprovechando las divisiones en Occidente para fortalecer su influencia global.
Además, el proteccionismo estadounidense está acelerando iniciativas globales para reducir la dependencia del dólar como moneda dominante, promoviendo el uso de monedas alternativas como el yuan chino, el rublo y el euro, y fortaleciendo los sistemas de pagos internacionales en el marco de los BRICS. Este fenómeno, combinado con la fragmentación de las cadenas productivas, podría llevar a una desglobalización parcial, con altos costos económicos y políticos.
Finalmente, el sistema multilateral basado en reglas, representado por la Organización Mundial del Comercio (OMC), está siendo gravemente afectado. La aplicación unilateral de aranceles debilita el mecanismo de solución de controversias, entre otros mecanismos y normas establecidas, incentivando la proliferación de acuerdos comerciales bilaterales y regionales, lo que erosiona la idea de un comercio global integrado.
El proteccionismo de Trump, aunque busca proteger los intereses económicos de EE. UU., está generando consecuencias negativas para la estabilidad económica global, las relaciones diplomáticas y el liderazgo de Estados Unidos en el comercio internacional. Entendemos que para evitar un aislamiento económico creciente y mitigar los impactos globales, es necesario un enfoque más equilibrado que combine medidas protectoras con incentivos a la cooperación y el comercio justo.
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