Uno de los principales obstáculos por los que atraviesan los grupos humanos en su aspiración de reducir la violencia como método para abordar los conflictos, se refiere a la intolerancia y los prejuicios sobre los cuales fundamentan ciertas actitudes.
La intolerancia es hija de los estereotipos y los prejuicios, y hermana del etnocentrismo y de la discriminación.
Una persona es intolerante cuando no respeta las ideas, las opiniones y las actitudes de los demás porque no coinciden con las propias. Por otro lado, actuamos con prejuicios cuando asumimos un comportamiento respecto a un individuo o grupo de manera preconcebida, aunque no hayamos tenido experiencia previa con él o no lo conozcamos de manera suficiente.
Los prejuicios están sumamente influenciados por los estereotipos. Un estereotipo se define como un conjunto de características que asociamos con determinado grupo, lo cual trae como consecuencia el que a todos sus miembros le atribuyamos idénticos rasgos. Los prejuicios y los estereotipos pueden ser positivos, pero casi siempre son negativos. Tienen su fundamento en la historia de aprendizaje del individuo, durante la cual puede ser víctima de situaciones fustrantes y traumáticas con personas que asocia a experiencias presentes.
El etnocentrismo consiste en tomar como referente los valores del propio grupo para juzgar a las demás culturas, pretendiendo que la nuestra es superior. El concepto de etnocentrismo nos lleva a asumir que las normas y los valores en que fuimos socializados han de ser universales
Los prejuicios y los estereotipos son el binomio perfecto para la discriminación, ya que tendemos a dar un tratamiento arbitrario y despectivo a aquellas personas cuyos rasgos o conductas no se corresponden con nuestra percepción de lo que es adecuado o aceptable.
La intolerancia, los prejuicios, los estereotipos, el etnocentrismo y la discriminación constituyen las cinco plagas sociales que dificultan que germinen la paz y la convivencia social entre los seres humanos. Gracias a ellas nos creemos superiores a todos los demás, la música del vecino nos parece estridente pero la nuestra jamás, en los conflictos armados el adversario es el malvado pero nosotros somos los patriotas, tenemos ganado el Paraíso mientras que aquellos que profesan otras religiones ya están condenados al infierno.
Esas cinco plagas me han permitido escuchar expresiones como las siguientes: “Ella es morenita, pero muy inteligente”, “no tengo nada en contra de los homosexuales, pero ellos allá y yo aquí”, “él tiene una mente brillante; se trata de un blanco atrapado en el cuerpo de un negro” y otras muchas más.
Las cinco plagas contra la paz son las responsables de las palabras de una persona en un medio de comunicación de masas cuando dijo recientemente: “El que no apoya la Marcha Verde es porque favorece la corrupción”. Esas cinco plagas también, muy probablemente, acaban de provocar que usted, amigo lector, después de yo haber calificado de intolerante el comentario en el referido medio de comunicación, me etiquete como afecto a la actual gestión de gobierno y por ello descuente mérito científico a todo lo que acabo de plantear, poniendo fin a la posible valoración positiva de mis afirmaciones. Valoración esta que para mí constituiría un alto honor.
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