A propósito de este tiempo de Navidad y fin de año, alguien muy cercano a mí me envió uno de esos vídeos personalizados que pululan en las redes sociales con la figura de Santa Claus y un mensaje de buenos deseos para mi persona. El vídeo fue adaptado mediante una aplicación llamada PNP (Polo Norte Portable) y, en el caso particular al que me refiero, el remitente, a través del legendario personaje, destacó la "valentía" como mi atributo cardinal.
En ese sentido, entiendo propicia la ocasión para dedicar mi columna a esa cualidad indispensable para poder superar los obstáculos que se nos puedan presentar a lo largo del próximo año, cuando se pronostican aún severas consecuencias fruto de la pandemia por el Covid19 a escala mundial, entre otros retos, no solo en el orden económico y de la salud física, sino también en lo que respecta a nuestro bienestar mental, emocional y espiritual.
Más allá de las gratificaciones que nos brindan los momentos felices que vivimos cada día, el mundo es un lugar inseguro, por lo cual las personas deben aceptar que la invulnerabilidad está reservada para los dioses y, de esa manera, ver en las amenazas los desafíos naturales que ha de afrontar, sin miedos, con firme decisión y coraje inquebrantable. De ahí que la pregunta “¿Por qué a mí?” esté vedada para los valientes.
Hay que ser valiente para superar el dolor y las heridas que nos inflige el odio y la maldad que nos acechan, torpedeando el logro de nuestras metas y la realización de nuestros sueños. Somos valientes cuando resistimos, cuando se impone nuestra fuerza de voluntad y no claudicamos ante las escaramuzas, luchando con entereza y perseverancia, con la certeza de que cada jornada es una batalla que debemos asumir con ecuanimidad y estoicismo.
El coraje nos emplaza a no desmayar por los dardos de infidelidades y deslealtades asestados sobre nuestras espaldas por aquellos tartufos que solo saben traficar con las mentiras y la traición a la confianza que le brindamos, caminando a hurtadillas entre las tinieblas y los anonimatos que pretenden hacer palidecer nuestros propósitos de continuar adelante.
Pero tampoco permite que nuestras almas se anquilosen en las frías cavernas de los rencores y los traumas del pasado, y nos hace curar nuestras propias heridas, aún en medio de la soledad, con el bálsamo de las lecciones aprendidas, el entusiasmo y el optimismo inagotable. Implica no dar cobijo a la amargura y al resentimiento que nos puedan impedir perdonar y ver la bondad que aún existe en el mundo.
Ser valiente se traduce en advertir cuando estamos agotados y hacer un alto en el camino, recuperar energías y luego volver renovados a las trincheras. Es aceptar las propias limitaciones y las derrotas, saber levantarse y volver a empezar en cada aurora, descifrando en los crepúsculos las oportunidades que nos conducirán a la victoria, cuya mejor expresión será la madurez alcanzada, la paz y la armonía espiritual.
El dolor debe servir para clarificar nuestras convicciones, nuestra autoestima y nuestra fe en Dios. Porque el sufrimiento, al final del camino, nos debe acercar a nosotros mismos y a los demás, haciéndonos crecer en el amor y convirtiéndonos así en mejores personas.