En el marco del actual estado de emergencia, el Gobierno del presidente Luis Abinader ha tenido que librar una singular batalla a los fines de armonizar los intereses de los distintos sectores de la nación y adecuar en las proporciones pertinentes la satisfacción de las diversas demandas de la población, algunas de ellas incompatibles entre sí.
Estimular la recuperación económica al tiempo que garantizar el control de la propagación del covid-19, constituirían el escenario ideal. Se trata de un verdadero desafío que ha puesto a prueba tanto la capacidad gerencial del gobernante como el compromiso y la responsabilidad de todos los dominicanos.
A pesar de que el primer mandatario ha prometido eliminar totalmente el toque de queda en aquellas demarcaciones donde se alcance el 70 % de la población vacunada, podría decirse que a partir del día de hoy el odioso toque de queda, espina dorsal del actual estado de emergencia, tendrá un muy disminuido alcance, ya que tendrá vigencia prácticamente durante las madrugadas.
Si bien es cierto que con la apertura corremos el riesgo de retroceder en los logros alcanzados respecto al número de contagios y fallecidos, no cabe dudas de que, al dejar atrás el confinamiento asociado con el toque de queda, la salud mental se anota un tanto en esta lucha por preservar el bienestar integral de las personas.
Nadie quiere contagiarse ni morir a causa del covid-19, pero, al mismo tiempo, las personas temen mucho al aislamiento y al encierro. Es natural. Esto se traduce en un dilema humano, un verdadero "conflicto evitación-evitación", donde ambas opciones resultan aversivas y nada apetecibles.
El confinamiento implica una ruptura abrupta con nuestra rutina diaria, al tiempo que se traduce en incertidumbre y falta de control respecto al futuro. Con el toque de queda vemos lesionado nuestro derecho fundamental a la libertad y al libre tránsito, lo cual sustenta en gran parte nuestra frustración acumulada por no poder aprovechar las oportunidades de avance y desarrollo, propinando también una estocada a nuestra autoestima.
Permanecer confinados por largas horas también llega a estremecer nuestros vínculos con la familia, ya que se ven muy coartadas las posibilidades de estar junto a ella incluso en aquellos casos en que tenemos que despedir a los parientes que sucumben ante el letal virus, aunque muchas restricciones al proceso de duelo siguen siendo atinadas.
Aunque el hogar se ha constituído en el refugio por excelencia, para muchos el principal grupo primario representa enormes retos, en virtud de que tienen que afrontar serias amenazas que han sido postergadas, solapadas o ignoradas en la zona de comodidad que hasta el momento les ha servido de escudo emocional, lo cual a veces degenera en situaciones de crisis.
Todas estas variables se traducen, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en un incremento de los cuadros de ansiedad, angustia, depresión, trastornos por estrés postraumático y violencia intrafamiliar.
A pesar de tantos factores de riesgo para la salud mental, hay quienes han sabido gestionar sus temores, con actitudes resilientes de flexibilidad y adaptabilidad, mediante el aprendizaje y el aprovechamiento de las oportunidades que toda adversidad trae consigo. Esperemos que el adiós al toque de queda sea progresivo y definitivo, por el bien de nuestra salud mental.
Z Digital no se hace responsable ni se identifica con las opiniones que sus colaboradores expresan a través de los trabajos y artículos publicados. Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de cualquier información gráfica, audiovisual o escrita por cualquier medio sin que se otorguen los créditos correspondientes a Z Digital como fuente.