La retórica belicista y la paradoja de la seguridad europea

miércoles 26 febrero , 2025

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Julio Santana | Foto: Julio Santana

Más que simplemente atónitos ante el reciente acercamiento de Estados Unidos a Rusia, los líderes europeos, empapados de una retórica marcadamente rusófoba, se encaminan peligrosamente hacia el umbral de una declaración de guerra contra la principal potencia nuclear del mundo.

Estas naciones, que entre 1939 y 1945 se erigieron tanto en protagonistas como en víctimas de la maquinaria bélica más imponente del siglo pasado, hoy resuenan con discursos altisonantes en los que se reaviva el supuesto renovado peligro ruso. En sus relatos se enarbola la narrativa de unas intenciones agresivas por parte de Moscú, que, partiendo de los países limítrofes, justificarían la neutralización y eventual aniquilación del enemigo, amparándose en el prolongado conflicto de tres años en Ucrania como prueba fehaciente de tal necesidad.

Paralelamente, estos discursos pasan por alto hechos ineludibles: la expansión de la OTAN hasta las mismas las fronteras rusas; el engaño inherente a acuerdos previos, admitido abiertamente por sus propios artífices, y las reiteradas advertencias formuladas por Moscú en cada cumbre anterior a 2022. Asimismo, se omite el apoyo –o la complacencia– frente al auge del nacionalismo radical y las tendencias fascistas en Ucrania, el acelerado fortalecimiento militar de sus fuerzas desde 2014 (e incluso antes), y la dirección y financiamiento de los violentos episodios ocurridos en la Plaza de la Independencia de Kiev, el denominado Maidán.

Todo ello se combina con la sistemática violación de derechos humanos y las masacres perpetradas contra civiles rusos a lo largo de la extensa línea del frente activo, el reclutamiento forzoso de los últimos jóvenes ucranianos, la implacable persecución de una Iglesia Ortodoxa Rusa hoy prácticamente desmantelada y serios indicios de corrupción que rodean al controvertido comediante Zelensky.

La narrativa prooccidental, al replicar y seleccionar estos hechos a conveniencia, se erige como argumento para justificar la inminente destrucción de un país cuya historia militar ha sido, ante todo, la constante y heroica defensa contra agresiones extranjeras.

Tras la cumbre en Riad entre Rusia y Estados Unidos, centrada en el reinicio de las relaciones diplomáticas y en el intercambio de precisiones sobre sus vínculos bilaterales, los dirigentes de la Unión Europea se sumieron en un estado de alarma. No solo se encontraron excluidos de estos diálogos estratégicos, sino que el presidente estadounidense –antes aliado incondicional– afirmó públicamente que la participación europea no era necesaria en tan esenciales, por ahora, intercambios de carácter exclusivamente bilateral.

Aún incrédulos, los líderes europeos han adoptado con vehemencia el discurso de una Europa que se fortalece desvinculándose gradualmente de Estados Unidos, insistiendo en la continuidad del conflicto y en la provisión de garantías de seguridad para Ucrania.

Estas garantías se entienden únicamente como un flujo constante de recursos y armamentos, así como en la necesidad de la presencia de tropas británicas, alemanas, españolas y de cualquier otro voluntario tras la línea de frente. Este panorama se ve reforzado por las declaraciones del futuro canciller alemán, quien aseguró que, sin renunciar a mantener buenas relaciones con EE.UU., se preparará para “el peor de los escenarios”. A esta retórica se añade el rotundo fracaso de la primera visita de Emmanuel Macron a Trump –destinada a “sanar el cisma transatlántico sobre Ucrania”– que evidencia una creciente disparidad de enfoques.

En su empeño por perpetuar la narrativa de la inminente derrota y desintegración de Rusia, los europeos están empleando todos los recursos a su alcance –tanto belicistas como no belicistas–, lo que implica un abierto desafío a los intereses de su principal socio, Estados Unidos.

En efecto, recientemente, en la cumbre “Support Ukraine” celebrada en Kiev el 24 de febrero, se anunciaron nuevos paquetes de ayuda militar y financiera en el marco de propuestas de medidas de seguridad para el país esclavo, según declaraciones sus voceros y del propio Zelensky. Aunque Rusia reitera su disposición de incluir a Kiev en las mesas de negociación, los líderes europeos han postergado el examen de este asunto para una reunión futura.

En este mismo contexto, vimos congregada la élite rusófoba de la Unión Europea: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; António Costa, presidente del Consejo Europeo; los jefes de Estado de Finlandia, Lituania y Letonia –Alexander Stubb, Gitanas Nauseda y Edgars Rinkevics–; los primeros ministros de Canadá, Justin Trudeau, y de Suecia, Ulf Kristersson; y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, entre otras figuras destacadas.

La única ausencia notable fue la de Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y vicepresidenta de la Comisión Europea, reconocida por su vehemente animosidad hacia todo lo relacionado con la política y cultura rusa. Este rechazo podría tener raíces personales, dado que su madre, Kristi, fue deportada a Siberia junto a su abuela cuando apenas contaba con seis meses.

Entre las promesas se incluyen el suministro de armamento y miles de millones de dólares adicionales, incluidos beneficios derivados de los activos rusos congelados en un franco acto de piratería financiera transnacional. La mayor apuesta para asegurar la derrota ucraniana fue realizada por el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, quien prometió alrededor de 7,000 millones de dólares, facilitando al mismo tiempo el entrenamiento de tropas ucranianas.

Ante la aprobación conjunta, por parte de Estados Unidos y Rusia, de una resolución de las Naciones Unidas –la primera refrendada por ambas potencias desde 2022– que destaca el papel de la ONU en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales e insta a poner fin a las hostilidades en pos de una paz duradera entre Ucrania y Rusia, los líderes europeos han entrado en una fase de pánico descontrolado.

Somos de la convicción de que Rusia y Estados Unidos se encaminarán inexorablemente hacia una solución negociada del conflicto, con o sin la participación de Europa, e incluso sin Zelensky, en caso de que este se niegue a firmar un acuerdo sobre el usufructo de sus reservas de tierras raras como compensación por la multimillonaria inversión realizada durante la administración anterior de la Casa Blanca.

El panorama geopolítico se encuentra marcado por una creciente tensión y una polarización de narrativas que, por un lado, impulsan discursos belicistas y medidas radicales, y por otro, abren la posibilidad de una solución negociada entre Rusia y Estados Unidos. Este delicado equilibrio sugiere que, a pesar de la insistencia de algunos actores por perpetuar el conflicto y desafiar intereses tradicionales, el camino hacia el diálogo y la estabilidad podría reconfigurar el orden internacional.

Julio Santana

Economista (Ph.D) y especialista en sistemas nacionales de calidad, planificación estratégica y normatividad de la Administración Pública. Fue director de la antigua Dirección de Normas y Sistemas de Calidad (Digenor).

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