El COVID-19 ha traído como consecuencia el hecho de que tengamos que sepultar, además de familiares y amigos, hábitos y costumbres. En el ámbito laboral, el drama de la pandemia se traduce no solo en el incremento exponencial del desempleo y sus devastadores efectos en la economía, sino también en los nuevos escenarios que se presentan tanto en el ambiente externo como en el entorno interno de las empresas como consecuencia de los cambios, incluida la cultura organizacional.
Pero ¿a qué llamamos cultura organizacional y por qué condiciona tanto el desempeño de los trabajadores? La cultura organizacional es un conjunto de creencias y valores que definen lo que es importante para una empresa y que sirven como marco de referencia para el comportamiento (Bateman y Snell, 2009). Conjuga todo lo que es y ha sido una empresa, desde sus orígenes y las ideas que inspiraron su fundación hasta sus costumbres y estilo, los cuales constituyen su sello distintivo. Con el devenir del tiempo, logra marcar una impronta en los colaboradores, sobre todo en los de más larga data en la empresa.
Con la interacción diaria, los colaboradores llegan a construir verdaderos vínculos con base no solo en la productividad, sino también en las relaciones, lo cual refuerza la cohesión interna y un clima laboral que va mucho más allá de las contribuciones y las compensaciones materiales que resultan en transacciones contractuales. En este proceso están involucrados también los clientes, los proveedores y, por supuesto, los gerentes, quienes, con su liderazgo, conducen al grupo hacia el logro de las metas colectivas y una visión compartida.
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El COVID-19 ha obligado a miles de empresas a cuestionar gran parte de su cultura organizacional y revisar las costumbres y tradiciones que han marcado su estilo de servir y hacer el trabajo. Debido a la pandemia, muchos colaboradores han tenido no solo que dejar atrás el contacto físico con sus grupos informales y sus equipos de trabajo, sino también afectos y apoyo emocional. En algunos casos, han quedado atrás los uniformes, los almuerzos juntos, los rumores, las bromas compartidas, los saludos en los pasillos y hasta los conflictos que ayer los enfrentaba pero que hoy extrañan.
Hay que enterrar también parte de los premios y las sanciones de carácter psicosocial, el contacto ocular con los líderes y los mentores, los éxitos celebrados con besos y abrazos y, por supuesto, la interacción estrecha con aquellos clientes leales que son parte de la gran familia. En más de una empresa habrá que reconsiderar también la misión y la visión, lo cual se traduce en un cuestionamiento a su esencia misma, al motivo de su existencia y los sueños que, hasta el momento, han motivado e inspirado el trabajo diario.
Sin embargo, las organizaciones también son sistemas capaces de ser flexibles y adaptarse a los cambios. El tiempo a tomarse estará en función de varios factores, entre ellos la resistencia que puedan ofrecer, el diseño o estructura organizacional, la capacidad innovadora y las habilidades directivas de sus gerentes. Las empresas deben ser proactivas y preparar a sus colaboradores con las competencias necesarias para afrontar los cambios que se puedan presentar en el mercado, donde abundan las turbulencias y las amenazas, aunque también las oportunidades para crecer y ser mejores.