Por: Esmerarda Montero Vargas (Magíster en Comunicación Social. Investigadora predoctoral del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV-EHU)
Históricamente los problemas económicos o el temor a la pérdida del territorio por influencia extranjera han sido el motor de la maquinaria que crea grandes errores políticos y desastres sociales.
Como ejemplo de ello, en la década de los 30 en Alemania el antisemitismo cobró gran fuerza, aunque existía un sentimiento antijudío en toda Europa desde hacía siglos, factores como el resentimiento extendido y la coexistencia con una dictadura permitieron que se allanara el camino para usar a los judíos como chivo expiatorio frente a la crisis y consecuentemente este proceso dio a luz un horror como el holocausto, que con el epicentro en Alemania, sistematizó el exterminio de los judíos a lo largo y ancho de los países intervenidos por el Régimen Nazi.
La razón de rememorar este evento, es subrayar el hecho de que el temor, los problemas económicos y el odio, siempre han desembocado en guerras, dictaduras terribles y grupos humanos convertidos en víctimas, no es necesario ir tan lejos en el tiempo, basta con mirar hacia oriente próximo, una región con países en permanente conflicto, donde las históricas diferencias religiosas han causado verdaderas atrocidades.
Así desde inicios del 2011 en Siria se desarrolla una guerra entre las Fuerzas Armadas y grupos rebeldes armados, donde grandes conjuntos se han unido al Estado Islámico de Irak y el Levante ISIS o Daesh como se le conoce en inglés.
Así hemos visto terribles ataques perpetrados por seguidores de esta corriente como el ataque al semanario satírico Charlie Hebdo en París el 7 de enero del 2015, la matanza de la discoteca Bataclan el 13 de noviembre de 2015 o el atropellamiento masivo en las Ramblas de Barcelona el 17 de agosto de 2017.
Una vez más la violencia está desatada, a su vez, cientos de personas se encuentran en condición de refugiados, huyendo de la muerte que les persigue en su propia tierra, tocando desesperadamente a las puestas de una Europa que si bien prometió dar ayuda y refugio a las víctimas del conflicto, en la realidad no solo no cumple con las cuotas con las que se comprometió, sino que experimenta un crecimiento general del temor en su población a lo que puedan hacer los refugiados en territorio europeo, con la consiguiente exacerbación del odio y la expansión de la extrema derecha, una vez más el temor expone a miles de personas a un destino cruel e incierto.
La República Dominicana a pesar de haber registrado cierto crecimiento económico el ultimo año, vive una realidad critica, no solo por las altas cifras de desempleo, la inseguridad ciudadana, los feminicidios y un gran descontento con la gestión del Gobierno actual, a ello es imprescindible añadir la tensión creciente en las relaciones con el país vecino Haití.
El descontrol migratorio, el trapicheo incesante de la frontera dominico-haitiana, el temor en la población hacia una invasión haitiana pasiva, son el caldo de cultivo perfecto, que de no reflexionar y tomar medidas políticas a tiempo, podría llevar nuestro país a una verdadera crisis social con resultados muy violentos como nos enseña la historia.
Desde hace meses, las redes sociales son el escaparate de videos donde se exponen acciones degradantes hacia nuestra bandera por parte de nacionales haitianos, múltiples llamados a tomar las calles por parte de dominicanos, afirmaciones de conspiraciones internacionales para fusionar la isla, entre múltiples muestras de temor y resentimiento.
La preocupación por la situación ha desencadenado en episodios aislados de violencia en distintos barrios, que van desde manifestaciones públicas de repudio de ambos bandos, hasta el desalojo forzoso por parte de la población civil a grupos de inmigrantes haitianos, a ellos hay que añadir la percepción casi generalizada de que el Gobierno no solo no ejerce control alguno sobre la situación, sino que es parte “del complot de fusion”.
El escenario descrito es una olla a presión, si se leen las señales y sin ánimos de ser apocalíptica este es un problema mucho más grande y peligroso de lo que quizá creemos, pues como he dicho antes, el temor fomenta verdaderos horrores.
Ya existe en el país una población dividida entre los llamados “nacionalistas” y los que este primer grupo llama “traidores a la patria” que son todos aquellos que se oponen a ver la problemática desde el odio, hablar sobre este tema exacerba odios, rencillas y amenazas, por lo que si como sociedad no somos capaces de mirar más allá y vislumbrar las posibles consecuencias de seguir este derrotero, como sociedad nos avocamos al desastre.
Para muestra solo es necesario fijarse en las tendencias en las redes a citar a Trujillo como alguien que “a pesar de haber sido un dictador mantuvo a los haitianos a raya”, la consideración de que un miembro de la familia Trujillo ocupe la primera jefatura del Estado era impensable hace unas décadas, sin embargo, hoy basta con hacer un reconteo de los comentarios cuando se aborda el tema haitiano, para ver que una parte considerable de la población percibe a Ramfis Domínguez Trujillo (el nieto del dictador) como una opción, bajo el lema “mano dura sin dictadura” el descendiente directo del monstruo más grande que ha creado nuestra tierra ha pretendido abrirse paso en la política nacional.
Al margen de si esto es legal o no, lo preocupante es el escenario social que lleva a la población a tal punto de desesperación que añore una época oscura que tanto le ha costado y le cuesta a nuestro país recuperarse, pues como es obvio el trujillismo no está superado.
El peligro del pánico es que no permite pensar y decidir con claridad, es que alienta la discriminación, la crueldad y la violencia. Y de no tomarse medidas reales desde el Gobierno, de no informarnos mejor antes de opinar y estallar en cólera, de no considerar el peligro de fomentar rumores y el ejercicio de auto justicia, será solo cuestión de tiempo, la casa se nos derrumba y el caos se impone.