Cuando pensamos en la Filosofía como un conjunto de saberes y pensamientos un tanto complejos y alejados de lo cotidiano, del día a día, o de cualquier persona (sin importar su edad, estudios o clase social) nos estamos equivocando plenamente.
El profesor Matthew Lipman, de la Universidad de Columbia, ya en los años 60 se planteó la necesidad de desarrollar a edades muy tempranas un pensamiento crítico y capacidad de análisis y reflexión conectada con un pensamiento filosófico. Llegó a esta conclusión cuando advirtió la escasa capacidad que tenían sus contemporáneos para captar (y procesar) pensamientos complejos y expresar sus opiniones teniendo en cuenta los demás.
La filosofía como proceso de pensamiento es extraordinaria porque te hace detenerte, plantear y reflexionar ante todos los aspectos que nos rodean (ya sean tangibles o no). Y en realidad parar y tomarse un tiempo para reflexionar es algo muy necesario en la vida rápida y ajetreada a la que están acostumbrados nuestros pequeños.
Preguntaría a los padres: ¿Es esta la vida que queremos para ellos? Siempre de aquí para allá, sin detenernos a reflexionar y a disfrutar de lo que hacemos y de lo que nos rodea. Seguramente nos dirían que no.
Filosofar nos ayuda a eso mismo, degustar y paladear la vida y todo lo que nos rodea. Por el simple hecho de detenernos y reflexionar sobre ella.
Otro aspecto es que la filosofía nos enseña a cambiar de opinión, a verlo todo desde diferentes ángulos, filtros y perspectivas. Nos lanzan unas preguntas que ponen nuestro mundo o nuestra visión sobre el mundo en cuestión y en duda; y ante eso debemos modificar nuestro pensamiento o adaptarlo. Esta forma de construir el pensamiento y darle forma en opinión es esencial en el desarrollo de nuestros niños y jóvenes para hacerlos seres autónomos e independientes.
¿Queremos que nuestros adolescentes estén preparados para un mundo globalizado y que en el día de mañana puedan adaptarse a la sociedad y costumbres de otro país o lugar? Filosofar les pueda ayudar a “abrir su mente”, ser más flexibles y analíticos y, por consiguiente, adaptarse más fácilmente a los cambios y nuevos entornos.
Actividades tan sencillas como preguntarse: ¿Por qué el color rojo es tu color favorito? ¿Qué te hace un ser único y diferente? ¿Cuántos usos tiene una cuchara? ¿Por qué piensas que la persona del cuadro está sonriendo? o dibújame el tiempo o la alegría, son retos filosóficos adaptados a niños pequeños que nos ayudarán a desarrollar todas estas capacidades tan importantes.
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