Extraños pretextos de Washington para iniciar la guerra

martes 3 marzo , 2026

Creado por:

Julio Santana

Para entender las motivaciones profundas detrás de la guerra desatada por los Estados Unidos e Israel bastaría con leer atentamente las declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio, repetidas como mantra durante la segunda mitad del siglo pasado y lo que va de este. De acuerdo con sus palabras, Irán representaba una “amenaza absolutamente inminente” y se actuó “para evitar mayores bajas”. Sin embargo, la reconstrucción de los hechos publicada en estos días por The New York Times revela una secuencia mucho más compleja y políticamente reveladora.

Según esa investigación, el primer ministro Benjamín Netanyahu llevaba meses presionando a Donald Trump para golpear lo que consideraba un régimen iraní debilitado. Ya en diciembre de 2025, en Mar-a-Lago, habría solicitado luz verde para atacar instalaciones de misiles iraníes. Más tarde, en febrero del año en curso, durante una reunión de casi tres horas en el Despacho Oval, discutió con Trump fechas y escenarios de guerra mientras, en paralelo, Washington sostenía conversaciones diplomáticas indirectas con Teherán que, a la luz de los acontecimientos, parecían más orientadas a ganar tiempo para completar los preparativos militares que a evitar el conflicto.

En público, Trump oscilaba entre la negociación y el cambio de régimen, al mismo tiempo que el Pentágono acumulaba dos grupos de portaviones, bombarderos, cazas y baterías antiaéreas en Medio Oriente. A mediados de febrero, la capacidad militar estadounidense ya estaba diseñada para sostener una campaña de varias semanas. Es decir, mientras el mundo cifraba esperanzas en el esfuerzo diplomático, el despliegue bélico se consolidaba a toda prisa. No hay que ser experto militar para comprender que semejante movimiento de fuerzas no responde a un simple gesto de presión, sino a la planificación de una guerra de gran escala.

La decisión final llegó tras el fracaso de las conversaciones en Ginebra. Washington exigía “enriquecimiento cero” del programa nuclear iraní, mientras Teherán presentó propuestas intermedias. Trump concluyó que “no iban a lograrlo” y dio la orden de iniciar la operación, que comenzó con un ataque de “decapitación” tras información de inteligencia que ubicó al ayatolá Jameneí y sus comandantes en Teherán. El argumento público fue la defensa anticipada; el trasfondo estratégico muestra una clara presión israelí, un colosal despliegue militar previo y una convicción presidencial —influenciada decisivamente por Netanyahu— de que la vía diplomática no produciría capitulación.

El resultado inmediato fue la eliminación del liderazgo iraní, bombardeos sobre infraestructuras militares y civiles —incluida una escuela donde murieron 160 niñas— y represalias regionales que hasta este momento causaron bajas estadounidenses y muertes o mutilaciones de ciudadanos inocentes. Pero la consecuencia más peligrosa no estaba solo en el campo militar; dormía en el mar. El alto mando del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica anunció el cierre del Estrecho de Ormuz y advirtió que cualquier embarcación que intente cruzarlo podría ser atacada.

Quien desconozca que por el estrecho de Ormuz transita cerca del 20 por ciento del petróleo comercializado globalmente y volúmenes críticos de gas natural licuado podría pensar que se trata de una amenaza menor. No lo es. Es la principal salida energética de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Catar e Irán hacia Asia y Europa. El cierre efectivo de este estrecho transforma la guerra en un shock energético global. La mera expectativa de interrupción disparó ya las primas de seguro marítimo y continúa tensionando los mercados de futuros. Analistas de Reuters y Bloomberg advierten que un bloqueo sostenido podría disparar el crudo a niveles que recuerden las grandes crisis petroleras. Para economías importadoras netas de energía como la dominicana, el impacto sería inmediato en combustibles, electricidad, transporte y alimentos, presionando la inflación y las cuentas fiscales.

Debido a la importancia estratégica de este paso marítimo, cabría esperar una respuesta naval multinacional para garantizar el tránsito, lo que ampliaría el conflicto más allá del eje Washington, Israel-Teherán. Un incidente en Ormuz, como por ejemplo un petrolero alcanzado, una mina activada, un destructor impactado, podría arrastrar a potencias con intereses energéticos directos, incluidos actores asiáticos y europeos.

Desde el punto de vista jurídico, el cierre de un estrecho internacional vulnera el principio de libre navegación, del mismo modo que resulta cuestionable declarar una guerra de esta magnitud y con tales consecuencias económicas globales sin autorización expresa del Congreso de los Estados Unidos. La paradoja es evidente. Washington afirma actuar para neutralizar una amenaza existencial contra Israel mientras Irán responde cerrando la principal arteria energética del planeta como instrumento de presión. Ambos movimientos, lejos de estabilizar la región, multiplican el riesgo sistémico.

La reconstrucción del proceso decisorio revela que la guerra no fue un arrebato súbito, sino el desenlace de una presión estratégica sostenida, un despliegue militar anticipado y un escepticismo profundo sobre la diplomacia que, en la administración Trump, ha terminado funcionando más como mecanismo de chantaje y amedrentamiento que como verdadera vía de solución. La “amenaza inminente” sirvió como argumento público; la acumulación de fuerzas y la coordinación con Israel demostraron que el curso hacia la confrontación ya estaba trazado.

Lo que comenzó como una “operación preventiva” contra una nación que por sí sola nunca ha iniciado una guerra contra ninguno de sus vecinos puede convertirse en una crisis energética de alcance global. La historia demuestra que las guerras justificadas bajo el lenguaje de la inevitabilidad rara vez permanecen contenidas. Cuando ese discurso se transforma en confrontación armada en una región que determina precios y abastecimientos energéticos mundiales, el impacto de esas aventuras militares y demostraciones de fuerza no reconoce fronteras; termina alcanzándonos a todos.

La pregunta no es solo si la amenaza era real, sino si la decisión de atacar hizo al mundo más seguro. Si la respuesta pasa por un Golfo Pérsico militarizado y un comercio energético bajo fuego, la prudencia estratégica fue definitivamente reemplazada por la lógica de la fuerza. Esta lógica, como tantas veces en el propio ejemplo de los Estados Unidos —Afganistán, Irak, Libia, Siria—, puede terminar costando mucho más de lo que prometía evitar. Como decía el gran Noam Chomsky “la guerra preventiva es el crimen supremo”.

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Julio Santana

Julio Santana es economista y analista de temas técnicos, geopolíticos y nacionales. Cuenta con una amplia trayectoria en el sector gubernamental dominicano y mantiene una voz crítica, independiente y poco complaciente en el análisis de asuntos nacionales e internacionales.

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