El peligroso coqueteo con la muerte

martes 17 septiembre , 2019

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Foto: Ángel Bello

Durante la madrugada del pasado domingo, cinco jóvenes, entre 15 y 22 años, perdieron sus vidas en un aparatoso accidente de tránsito. La tragedia se produjo mientras se desplazaban en un vehículo por una carretera de La Vega a un exceso de velocidad y en un aparente estado de embriaguez.

Las circunstancias en que se produjo la tragedia fueron corroboradas por conversaciones por WhatsApp y un video grabado por los mismos mozalbetes, donde se les puede ver eufóricos durante lo que fue finalmente un infausto trayecto.

“Si aquí morimos, los quiero, chicos, los queremos”, así se ve y escucha decir al conductor del vehículo que condujo al grupo a un destino sin pasaje de regreso, mientras, en el asiento trasero, otro reforzaba la patética escena ilustrando el emblema de la muerte pasando por el cuello su dedo índice derecho en posición horizontal formando un ángulo recto con aquél.

El vídeo se tradujo más tarde en una fatídica realidad que apagó los faros de esos cinco estudiantes de un mismo centro educativo de San Francisco de Macorís, con el entusiasmo de esa etapa de la vida que el poeta nicaragüense Rubén Darío llamó “divino tesoro”.

Las conductas de riesgo no son exclusivas de los jóvenes, aunque en ellos son más frecuentes. Se refieren a todas las acciones que puedan traer como consecuencia un daño a la persona que las ejecuta.

En los adolescentes, la conducta arriesgada está relacionada con la sensación de invulnerabilidad, la búsqueda de la novedad, la necesidad de transgresión de las reglas sociales, y la presión de los grupos, entre otros factores. Desde el punto de vista de la neurociencia, puede explicarse como un mecanismo del sistema de recompensa del cerebro combinado con la motivación y el placer estimulados por la segregación de una hormona llamada dopamina.

De las conductas de riesgo, el manejo temerario, así como el abuso de alcohol y sustancias narcóticas, y las relaciones sexuales prematuras, se encuentran entre las más comunes en los jóvenes.

Por otro lado el Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-V) define el intento suicida como “un comportamiento que el individuo ha llevado a cabo con, al menos, cierta intención de morir”.

Los indicadores que anteceden a los intentos de suicidio son múltiples, incluyendo, precisamente, la alta tasa en la frecuencia de conductas arriesgadas, así como despedirse de los seres queridos dando la impresión de que no se piensa regresar.

Naturalmente, para diagnosticar que la muerte de una persona ha tenido como causa el suicidio, es necesario tomar en cuenta muchas otras variables que solo un análisis con mayor rigurosidad podría considerar, ya que, y apoyándonos de nuevo en el DSM-V, determinar el grado de intención puede ser una tarea compleja. De hecho, “los individuos pueden no reconocer su (propia) intención”.

La tarea para los que aún permanecemos con vida consiste en analizar nuestras acciones de cada día y descubrir con cuáles de ellas, inconscientemente, tan solo estamos cortejando a la muerte, quizás como respuesta a un estado depresivo de trasfondo. Luego, tomar las medidas necesarias, incluyendo, si es necesario, la visita a un especialista, porque el día menos esperado la muerte nos puede “sorprender” dándonos el sí.

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Ángel Bello

Ángel Bello

Psicólogo con especialidad en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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