La Semana Santa es un período propicio para descansar y disfrutar después de largas y extenuantes rutinas de trabajo durante todo un año. Este agotamiento físico y psicológico cobra una dimensión especial en estos tiempos, cuando la pandemia por el covid-19 no solo ha puesto de rodillas a nuestro sistema inmunitario, sino que ha exacerbado nuestra vulnerabilidad mental, debido a “las nuevas realidades del teletrabajo, el desempleo temporal, la enseñanza en casa y la falta de contacto físico con familiares, amigos y colegas…” (Organización Mundial de la Salud, 2020).
Al tiempo que nuestro cuerpo repone parte de la energía que ha perdido en las trincheras de las batallas libradas cuando enfrenta los desafíos para poder continuar, muchas personas aprovechan estas vacaciones para asumir o renovar su compromiso con la firme decisión de ser feliz, de cultivar su bienestar espiritual, sus relaciones saludables con los demás y su armonía interna traducida en una homeostasis tendente a mantener la “… unidad, identidad y equilibrio frente al medio…” (Luis Vergés, 2020).
En esa búsqueda indetenible de la salud mental y espiritual, resultan muy atinadas las recomendaciones de Albert Ellis, psicólogo y filósofo estadounidense, fundador y pionero de lo que se conoce como Terapia Racional Emotiva, uno de los pensadores más influyentes en los terapeutas y consejeros de hoy.
Para Ellis, a la gente hay que ayudarla a “… vivir más tiempo minimizando sus problemas emocionales y sus conductas contraproducentes, y autoactualizarse para que vivan una existencia más llena y feliz.” (Ellis, Grieger, 1990). Es así como, en aras de lograr esa meta general, nos plantea varias “submetas”, las cuales deben ser el objetivo inmediato de las estrategias y las técnicas del proceso terapéutico.
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En ese orden de ideas, podemos establecer que una existencia plena, acorde con la salud mental, el bienestar espiritual y la felicidad, comienza cuando (Ibídem):
– Priorizamos el interés por nosotros mismos, sin dejar de sacrificarnos por quienes nos rodean.
– Protegemos los derechos de los otros, no solo motivados por el altruismo, sino también porque con esto ayudamos a construir la clase de mundo en el que podemos vivir de manera confortable.
– Nos dirigimos con autonomía, sin necesidad de demandar apoyo y asistencia considerable de los demás.
– Nos toleramos y comprendemos a nosotros mismos, al tiempo que sentimos y obramos con empatía.
– Somos flexibles en nuestros pensamientos y tenemos apertura al cambio, libres de reglas rígidas y fanatismos.
– Aceptamos la incertidumbre y el hecho de que vivimos en un mundo donde no hay certezas absolutas. Somos arriesgados, aunque no temerarios.
– Pensamos de manera objetiva, racional y lógica, regulando nuestras emociones y reflexionando sobre las consecuencias de nuestras acciones.
– Nos aceptamos a nosotros mismos, disfrutamos del momento y de los planes. No medimos nuestra valía intrínseca por nuestros logros extrínsecos.
– Somos realistas. Nos esforzamos en cambiar las cosas, pero toleramos las frustraciones y aceptamos que hay otras condiciones y circunstancias que no se pueden cambiar.
– Asumimos con entusiasmo un interés fuertemente creativo, así como también un tema humano superior en torno al cual estructuramos buena parte de nuestra existencia diaria.
¡Feliz Semana Santa!