Firmeza y luz

Cualquier acuerdo en lugar de ninguno

martes 15 octubre , 2019

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Foto: Ángel Bello

En muchas ocasiones, el proceso de negociación para arribar a una salida o solución a un conflicto, implica enormes esfuerzos e intensas y agotadoras jornadas. Si las partes polarizan sus posiciones y las diferencias se radicalizan, las consecuencias son una resistencia emocional a ceder y colaborar, produciéndose un estancamiento en las negociaciones.

A pesar de ello, las partes en conflicto podrían tener un genuino interés en llegar a un acuerdo. En este caso, la salida por la que muchos optan es lo que se conoce como acuerdos ambiguos o imperfectos (Deepak Malhotra, “Negociar lo imposible”).

¿En qué consisten los acuerdos ambiguos? Dadas las dificultades para zanjar las diferencias, por un lado, y/o la premura de arribar a soluciones (para evitar una escalada de la violencia, por ejemplo), por otro, las partes podrían pactar un acuerdo que, aunque confuso en algunos de sus términos, por lo menos permita superar el estancamiento.

Los acuerdos (incluye los contratos) ambiguos son muy comunes en cualquier contexto. Los podemos encontrar, por ejemplo, cuando un empleado es contratado sin que se le definan con precisión todas las tareas asociadas a su cargo. También podemos citar los casos de muchas leyes carentes de definiciones de varios de los términos en que están estipuladas y de condiciones adecuadas para su aplicación.

El empleado del ejemplo citado, probablemente comience a quejarse en el momento en que se le asignen tareas que entienda no se corresponden con la naturaleza de su cargo. En el caso de las normativas jurídicas, la imperfección de los acuerdos se puede atenuar mediante la elaboración de los reglamentos de aplicación (en el caso de que proceda), aunque frecuentemente terminan generando nuevas confrontaciones.

Los acuerdos ambiguos hunden sus raíces en la antigüedad. Por ejemplo, durante la Guerra del Peloponeso, 431-404 AC (Don Kagan, “De las causas de la guerra…’), Esparta reguló su relación con las islas de la liga mediante un acuerdo que incluía la obligatoriedad de luchar unidos ante los ataques de algún enemigo, aunque, llegado el momento, la cuestión de a quiénes se consideraba “enemigos’ generó disgustos y controversias.

Ahora bien, ¿por qué las personas firman acuerdos ambiguos, aún advirtiendo las debilidades de los mismos? Las razones son múltiples, entre ellas la satisfacción de intereses particulares ajenos a aquellos a los cuales se representa y los demás grupos de interés. También tenemos el caso de la presión social, que puede estar exigiendo el arribo definitivo a una solución al conflicto.

Pero también los acuerdos ambiguos permiten, como ya referí, salir del estancamiento y seguir avanzando en las negociaciones, una razón válida para concertarlos. Sin embargo (y aquí radica su gran desventaja), tan solo posponen las crisis, no las resuelven. Es como si se tratara de esconder la basura debajo de la alfombra o de una bomba que, tarde o temprano, explotará. Por ello, jamás un acuerdo ambiguo debe ser preferible o sustituir a largo plazo a uno auténtico transparente y duradero, si lo que se busca finalmente es la paz y la convivencia pacífica.


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Ángel Bello

Ángel Bello

Psicólogo con especialidad en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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