El consultor alemán Peter Koestenbaum plantea en su libro “Liderazgo: la grandeza interna” su enfoque del diamante del liderazgo. De acuerdo con él, son cuatro los fundamentos del liderazgo: visión estratégica, conciencia de la realidad, ética y valor. Asegura que todo líder debe exhibir esas cuatro competencias. Si carece de alguna, estaríamos frente a lo que denomina un liderazgo contraído.
Partiendo de esta propuesta, el autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, desde su aparición en el escenario geopolítico, ha dado muestras de que tiene muy claro cuál es su misión, lo cual se puede apreciar en su discurso siempre centrado en el “cese de la usurpación, Gobierno de transición y elecciones libres”, una ruta que conduciría al pueblo hasta la restauración de la democracia.
Sus habilidades de comunicación, su energía y su carisma, así como su ecuanimidad, coraje y firmeza, lo proyectan como un líder a la luz de la referida teoría, aún tomando en cuenta la influencia en él de algunas potencias extranjeras.
Sin embargo, los acontecimientos del día 23 nos obligan a cuestionar la efectividad de su visión estratégica. En esa fecha la oposición desplegó ingentes esfuerzos por hacer llegar hasta Venezuela la ayuda humanitaria que varios países donaron para mitigar el hambre y la insalubridad.
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El mundo fue testigo de la frustración que sufrió la facción del joven diputado cuando el Gobierno de Nicolás Maduro, a fuerza de bombas lacrimógenas y perdigones, impidió que toneladas de alimentos y medicinas llegasen a su destino. Por lo menos cuatro personas fallecidas, decenas de heridos y camiones pertrechados de la tan apetecida ayuda que fueron incendiados, fue el balance de los enfrentamientos.
A pesar de que Guaidó vaticinaba el éxito de la jornada fuera de toda duda y de las apelaciones a los sentimientos de los uniformados, Nicolás Maduro no solo ganó la batalla, sino que la victoria se produjo con relativa facilidad y con un saldo nefasto que estuvo muy por debajo de lo que todos esperábamos, por suerte.
No comprendemos por qué Guaidó se mostró sorprendido por los exiguos resultados de su desatinada estrategia, cuando los desconcertados somos aquellos que entendíamos que la firmeza con que se anunciaba el “histórico” hito obedecía a ciertas tácticas tomadas en cuenta, tal como la adhesión a la causa de algunos mandos militares estratégicos.
El liderazgo de Guaidó hoy luce “contraído”. Las acciones del 23 de febrero tan solo sirvieron para exponer como carne de cañón a muchos civiles, algunos de ellos víctimas de una escalada de violencia que se pudo haber evitado. Guaidó olvidó que, como dice el escritor Oren Harari en su libro “Secretos de Liderazgo de Colin Powell”, los líderes deben dar pasos hacia los lados o hacia atrás, siempre que mantengan un compromiso implacable con su misión final.
¿Qué queda en lo adelante? Medidas más contundentes y mejor estructuradas, la acción obligada de un líder en una situación como esta, cuando se corre el riesgo de ver a las tropas agotadas y desmoralizadas. De hecho, ya Guaidó lo manifestó: “… que se mantengan todas las cartas sobre la mesa…”. Todas. Guaidó estará compelido a ganar la próxima batalla, porque la del 23 la ganó Maduro, no hay dudas.
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