Por Gabriel del Gotto
Incluso si los misiles dejaran de caer hoy, la República Dominicana ya entró a esta guerra. No con tropas, sino con precios, combustibles, fletes, alimentos y vulnerabilidad. Gane quien gane o pierda quien pierda, la crisis que viene no tiene marcha atrás. La infraestructura petrolera destruida o dañada en Medio Oriente anuncia años de presión sobre la economía global. El dolor ya está en camino. La única pregunta es si la República Dominicana va a atravesar ese dolor de rodillas o si va a salir de él fortalecida. Esa es, hoy, la decisión más urgente que tiene este país frente a sí.
Porque una economía insular y dependiente no vive únicamente de su esfuerzo. Vive también de barcos, de rutas marítimas, de seguros, de combustibles ajenos y de una paz internacional que no controla. Esa dependencia, en tiempos normales, ya es una debilidad. En tiempos de guerra, es una sentencia de vulnerabilidad.
Por eso el presidente Luis Abinader hace bien en convocar un acuerdo nacional ante la crisis global. Pero si ese acuerdo quiere ser serio, no puede limitarse a subsidios, vigilancia o llamados a la calma. Tiene que hablar de disciplina, de adaptación y de restricciones.
El mundo ya empezó a hacerlo. Eslovenia impuso límites formales a la compra de combustible. La Unión Europea habla abiertamente de prepararse para un shock energético duradero, incluyendo racionamientos y liberación adicional de reservas estratégicas. En América Latina, Brasil acelera mezclas más altas de biodiésel para reducir su dependencia del diésel importado. No por histeria, sino porque entendieron algo elemental: cuando la energía se compromete, la normalidad no se conserva con discursos. Se conserva con disciplina.
Esta semana, el mercado físico del petróleo rozó niveles cercanos a los 150 dólares por barril en medio del pánico por el estrecho de Ormuz. Luego del cese al fuego anunciado por Trump, Ormuz reabrió de forma parcial y condicionada, pero volvió a quedar bloqueado poco después. Los precios cedieron. La fragilidad no.
Y hay que decir lo que pocos quieren decir: aunque Ormuz reabriera mañana de manera estable, la normalidad no volvería de inmediato. Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía, advirtió que el mundo enfrenta el mayor riesgo para la seguridad energética de su historia. No se trata solo de petróleo y gas. Se trata también de fertilizantes, petroquímicos y cadenas globales de suministro. Las infraestructuras dañadas seguirán proyectando presión durante mucho tiempo.
Eso significa algo muy concreto: una crisis energética no se queda en la bomba de gasolina. Encarece transporte, alimentos, fertilizantes, generación eléctrica, manufactura, turismo y gasto público. En un país donde casi todo entra por mar, lo que para otros puede ser una tensión severa puede convertirse aquí en una presión estructural. Y las presiones estructurales no se resuelven con paciencia. Se resuelven con política.
Por eso ha llegado la hora de discutir lo que casi nadie quiere decir en voz alta. Teletrabajo parcial en el Estado y en los sectores que puedan asumirlo. Escalonamiento de horarios. Restricciones temporales al uso intensivo de vehículos privados. Priorización firme del transporte colectivo. Protocolos de ahorro energético para instituciones públicas, comercios y grandes consumidores. Reservas estratégicas más robustas. No como capricho ideológico. No como experimento social. Como medidas de defensa nacional.
La escasez no se debate. La escasez se administra.
Y un país serio no espera a que la próxima sacudida lo encuentre con el mismo relajo, la misma dependencia y la misma fe infantil en que el mercado resolverá lo que la política no quiso prever.
La República Dominicana no puede seguir organizada como si la energía abundante, barata y segura estuviera garantizada. Ese mundo ya terminó.
El acuerdo nacional del que habla el presidente solo tendrá sentido si se atreve a decirle al país la verdad completa: una economía dependiente no puede sobrevivir sin disciplina energética.
No basta con resistir.
No basta con subsidiar.
No basta con aguantar.
Hay que corregir.
Hay que ordenar.
Hay que fortalecerse.
Porque los países que no aprenden a administrar la escasez terminan siendo administrados por ella.
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