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Las colonias de leprosos, una herencia de discriminación en Brasil 

jueves 30 agosto , 2018

Creado por:

Fabio Teixeira/DPA

Por: Isaac Risco

Marquinhos, como le llaman todos en Curupaiti, hace un gesto con la mano para mostrar uno de los peligros que acechan en el hospital de leprosos donde vive desde hace décadas en las afueras de Río de Janeiro.

Con un dedo levantado delante de sus sienes imita en silencio un arma apuntando a su cabeza. Porque en Curupaiti impera el crimen organizado. “Vienen aquí y piden dinero, dicen que para protegernos”, se queja Marquinhos, con la voz cansada y el cuerpo marcado irreparablemente por sus males.

“Pero no protegen nada”. Solo extorsionan a los habitantes, lamenta. Él tiene que pagar 40 reales al mes, casi unos diez dólares.

Curupaiti es una antigua “colonia para leprosos”, como se conoce a esos lugares hasta hoy en Brasil, y paseando entre las casas y los pabellones construidos al aire libre en las faldas de un cerro en la localidad de Jacarepaguá, en la región oeste de Río, no es difícil notar que la vida es dura aquí.

La mayoría de instalaciones está en mal estado, algunas de ellas totalmente abandonadas. Varias personas viven en casas bajas en la parte alta del cerro, y la colonia parece ahí de verdad un poblado de otra época, casi podría decirse que de los tiempos medievales con los que suele asociarse una enfermedad como la lepra.

Un paciente de lepra, en una leprosería en Jacarapaguá. Foto: Fabio Teixeira/DPA

Nadie parece saber hoy exactamente cuántas personas viven en Curupaiti. En 2009 la agencia de noticias estatal Brasil cifraba el número en más de dos mil. Entonces, muchos pacientes se quejaban de las condiciones miserables en las que malvivían en la colonia.

Personas, además, que fueron internadas en esos lugares contra su voluntad, cuenta el médico Claudio Salgado.

El concepto de las colonias para leprosos proviene de comienzos del siglo XX en Brasil y es anacrónico, dice el presidente de la Asociación Brasileña de la Lepra a la agencia DPA. “La idea, en aquella época, era aislar al paciente y quebrar así la cadena de contagio”, explica Salgado.

La lepra, causada por la bacteria Mycobacterium leprae, es uno de los males que posiblemente más estigmas sociales generó en la historia de la humanidad. Vinculada con supersticiones religiosas sobre todo en la Edad Media, la lepra puede causar graves lesiones y desprendimientos cutáneos en estado avanzado.

Hasta el siglo XIX se solía apartar a los pacientes para evitar el contagio. Hoy se considera que la transmisión suele darse solo en caso de un contacto prolongado con los enfermos.

Marquinhos, sentado en su silla de ruedas en el hospital de leprosos donde vive desde hace décadas, muestra su botiquín. Foto: Fabio Teixeira/DPA

“En realidad, las leproserías dejaron de ser comunes a finales de 1800, porque en Europa se vio que no valía la pena aislar a los pacientes”, dice el especialista Salgado. “Y en el inicio del siglo pasado Brasil empezó a construir leproserías con mayor velocidad. Brasil comenzó ya atrasado”, asegura. “Y por eso demoramos mucho también en entender que no ganábamos nada con hacer las cosas de esa manera”.

La enfermedad tiene hoy cura si se trata a tiempo, aunque ese tratamiento puede durar hasta un año y muchos pacientes requieren un acompañamiento más largo.

Brasil es por detrás de la India el segundo país del mundo con más casos de lepra. La Organización Mundial de la Salud (OMS) cifró en 2016 en más de 216 mil los casos en todo el mundo. En Brasil se registran unos 30 mil nuevos contagios cada año. Una cifra clara sobre los casos antiguos es difícil, dice Salgado, por las carencias de la atención en el país más grande de América Latina.

La política de salud pública para la lepra empezó a cambiar en Brasil en la década de los 80. Entre otras medidas, se cambió el nombre oficial de la enfermedad en el portugués brasileño a “hanseaníase” – por el científico que descubrió la bacteria, Gerhard Hansen – para intentar desterrar el estigma asociado a la palabra lepra.

También se puso fin a la práctica de las colonias. “Oficialmente no existen más”, dice Salgado, pese a que por todo Brasil hay aún más de una veintena de lugares como el hospital Curupaiti. “Dejaron de existir, pero no hicieron nada con las personas que viven ahí”.

“Algunas de ellas fueron transformadas en hospitales”, agrega el especialista.

“En algunos lugares se hizo cargo una ONG y las personas viven un poco mejor. Pero ahí donde está a cargo el Estado las personas quedaron abandonadas. Y el estigma para ellos continúa”.

La mayoría de instalaciones del hospital donde vive Marquinhos está en mal estado. Foto: Fabio Teixeira/DPA.

Muchos pacientes están varados en esos lugares desde hace décadas. “Vivo desde hace 19 años aquí”, cuenta Marquinhos, de nombre completo Marco Antonio de Carvalho, y actualmente de 59 años de edad.

Adalberto Coelho, de 66 años, lleva incluso desde 1974 en la leprosería de Curupaiti, fundada en 1929. Fue internado a la fuerza, pese a que durante mucho tiempo no padecía secuelas de la enfermedad después de haber sido diagnosticado.

“Las heridas comenzaron en el 90”, explica Coelho mostrando sus piernas envueltas en vendas. “Ahora cada vez es peor”. La atención en la antigua colonia está a cargo de un pequeño centro médico vecino y es esporádica e insuficiente, se quejan los pacientes.

“A menudo no hay gasas ni pomadas para las curas”, dice Marquinhos. “Y yo necesito muchos remedios”, lamenta.

Marquinhos recibe solo una pensión de invalidez del Estado, actualmente de 1.190 reales (unos 290 dólares). Con eso suele tener que pagar los alimentos que recibe del hospital, nueve reales por cada comida, además de las extorsiones a las que los someten las bandas criminales que controlan la región.

El propio destino de Marquinhos es también una muestra viva del fracaso del sistema de salud pública en Curupaiti. En su caso la lepra está controlada, pero también sufre de diabetes, una enfermedad que le detectaron demasiado tarde hace unos años.

Las secuelas, finalmente, condujeron a que tuvieran que amputarle ambas piernas a la altura de las rodillas. También su vista resultó perjudicada. “Por el ojo izquierdo ya no veo nada”, dice, levantando otra vez la mano para expresarse.

Agencia DPA

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