El apellido: orgullo y vergüenza

martes 18 junio , 2019

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Foto: Ángel Bello

De tal palo, tal astilla. Así reza un viejo adagio alusivo a la influencia de la herencia en el comportamiento humano. La influencia del componente genético y la cuota de responsabilidad que pueda tener en el desarrollo y el proceso de socialización del individuo tiene mucha repercusión a todos los niveles, incluyendo la imagen pública.

Es así como algunas personas han sido favorecidas con los rasgos favorables que se supone pueden ser heredados, en ciertos casos, y también repelen el negativo impacto que pueda tener en sus vínculos sanguíneos con algún pariente que no goza de buena reputación en la sociedad, en otros.

En el primer caso, y para citar tan solo unos ejemplos, podemos hacer referencia al doctor Leonel Fernández y su hijo Omar, quienes podrían estar persiguiendo endosar al vástago la popularidad de que goza el expresidente en una importante franja del electorado.  También podemos citar a Ramfis Domínguez Trujillo, quien apuesta a traducir en votos la necesidad de ley y orden que manifiestan muchos ciudadanos y que son simbolizadas en la figura del tirano Rafael Leónidas Trujillo, abuelo del precandidato presidencial. 

Si echamos un vistazo al mundo deportivo, nos encontramos con la tercera almohadilla de los Azulejos de Toronto, Vladimir Guerrero Jr., cuyo homónimo padre ha endosado parte del prestigio que le dio su trayectoria por el mejor béisbol del mundo y con lo cual atrapó de aire un sitial en el Salón de la Fama de Cooperstown.

En la otra cara de la moneda, no son pocos los que, lejos de pretender gritar al mundo con ostentación y orgullo la relación familiar que pueda haber entre ellos y algunos de sus parientes, optan por conservar tras bastidores todo nexo que pudiera “delatar” lo que ellos consideran un parentesco vergonzoso. Aunque en los ejemplos citados anteriormente también se podría presentar este escenario, podemos hablar del oprobio que muchas personas entienden les han causado determinados parientes al “manchar” su apellido con actos deleznables y condenables socialmente. 

La política no escapa de este renglón. Así, podemos citar los casos de algunos funcionarios o exfuncionarios públicos que han presentado o presentan un bajo perfil a los fines de no torpedear las aspiraciones de sus hijos y otros parientes. Los reclusos y aquellos a quienes se les imputa crímenes bochornosos, también son objeto con frecuencia de desprecio y aislamiento por haber mancillado el apellido y, por ende, el honor de sus familias.

Pero, realmente, ¿es justo que a un ciudadano se le atribuya cualidades o méritos que más bien han probado tener sus parientes? ¿Es justo también que juzguemos a las personas por las heridas que otros miembros de sus familias pudieron haber infligido a la sociedad? ¡Naturalmente que no! Si bien es cierto que hay algunas tendencias de conducta que tienen un sustrato biológico y, por ende, la podemos encontrar en todos o varios miembros de una misma familia, también debemos puntualizar que las variables medioambientales generan en nosotros procesos de aprendizaje que pueden marcar importantes diferencias individuales. Además, estos factores del entorno no necesariamente impactan de la misma manera en todos los hermanos, por lo cual el proceso de socialización tampoco nos tiene que hacer homogéneos. En otras palabras, no siempre “hijo de gato caza ratón”.


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Ángel Bello

Ángel Bello

Psicólogo con especialidad en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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