Por Ángel Bello (Psicólogo (Utesa). Maestría en Gerencia y Productividad (Apec). Especialidad en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario (Mide). Catedrático universitario (UCSD) 

Nueva vez, la violencia de los hombres contra las mujeres ocupa la atención de la ciudadanía, convirtiéndose en el tópico obligado de las conversaciones casuales y a nivel mediático. Los feminicidios constituyen un tema cíclico que alcanza ciertos picos en determinados momentos, provocando la alarma de todos los sectores.

Esta vez, el panorama luce tan o más sombrío que en el año 2016, el cual nos arrebató a 88 mujeres como consecuencia de la violencia de género, mientras que el comatoso 2017 ya luce encumbrado en la nefasta cifra de 87 (aunque las estadísticas difieren de una fuente a otra).

Más de uno han externado su preocupación por la frágil situación del otrora llamado “sexo débil”, adjetivo que luce adecuado si lo comparamos con la dureza de una edad de piedra en donde, al parecer, aún vive anquilosada una buena parte de nuestra población masculina.


No recordamos haber asistido a un escenario como el actual, donde tanto líderes de opinión, partidos políticos, agrupaciones de la sociedad civil e, incluso, sectores oficialistas, dan la impresión de que casi se dan por vencidos, que han perdido la batalla frente a un comportamiento tan misógino y silvestre como abominable y repudiable. 

Las "muertas en vida"

Si preocupantes son los 87 feminicidios en lo que va de año, resulta aterrador el número de mujeres maltratadas psicológicamente por sus parejas y exparejas. Son muchos los hombres que ejercen un control casi absoluto sobre ellas, bajo las formas de insultos y exigencias, con frecuencia sutiles. 

Esas mujeres lloran en silencio su desgracia y no figuran en las listas negras que día por día nos recuerdan los medios de comunicación de masas. 88, 300, 500 feminicidios, son cifras incapaces de asombrarnos si contamos los miles de mujeres cuyos casos de violencia no alcanzan a enquistarse en los grandes titulares que generan aquellas tristemente víctimas fatales.  

Se trata, sin lugar a dudas, de verdaderas "muertas en vida", a quienes cada minuto que pasa se le transgrede el derecho fundamental a que les sean garantizadas su dignidad y su integridad, no solo física, sino también psicológica y moral. 

Muchachas cuyos novios les exigen todo tipo de explicaciones (hasta llegar al extremo, incluso, de seguir sus pasos en sus centros de trabajo y en las universidades); esposas cuyas miradas en los lugares públicos tienen que estar reservadas exclusivamente para el troglodita que tienen a su lado, con un garrote en la lengua y otro en sus manos.


Mujeres inseguras de su figuras que viven ansiosas por el temor al rechazo y hasta la burla y el escarnio de ellos; amas de casa que viven a diario con el estrés de extender un pírrico presupuesto que les dejan para el almuerzo so pena de tener que soportar, en el mejor de los casos, un lenguaje no verbal repleto de insatisfacciones y reproches.

Otras que tienen que estar siempre disponibles para satisfacer las demandas sexuales de sus parejas; otras más a quienes no se les perdona haberse superado académicamente, son solo algunos ejemplos que se escurren a hurtadillas tras los bastidores de las primeras planas de los periódicos, relegados a un papel secundario en un espantoso drama que va dejando perplejo al más inmutable de los espectadores. 

Algunas de las víctimas catalogan esta situación como algo "normal", incluso hasta como una muestra de un gran amor, sin advertir que, muy probablemente, se trate de la antesala de la muerte, que ese comportamiento restrictivo y controlador con el cual muchos "hombres" reafirman su autoconcepto, constituye el umbral de la peor desgracia para ellas. 

Otras se sienten acosadas, perseguidas. Pero eso no llega a las fiscalías, y, cuando lo hace, es porque los casos han emigrado desde lo puramente verbal a las amenazas aterradoras de muerte y al maltrato físico.

¿Y ahora qué?  ¿Se nos acabaron los recursos?

El tema de los feminicidios y su indetenible carrera, ha puesto a la sociedad y a las autoridades entre la espada y la pared.  Tal es la situación, que, hace apenas unos días, el Consejo Superior del Ministerio Público creó la Dirección contra la Violencia de Género, la cual tiene como responsabilidad dar seguimiento a la implementación de las 22 acciones contenidas en el Plan Nacional contra la Violencia de Género que presentó al país el procurador general de la República, Jean Alain Rodríguez.  

Esta iniciativa, como todas aquellas que estén orientadas a contrarrestar el galopante avance de los decesos de nuestras mujeres por razones de género, merece nuestro apoyo, aunque se hace imperativo alertar contra el riesgo de gastos de recursos para sostener una burocracia que podría estar recreando estrategias que han demostrado con el tiempo ser poco efectivas.  

Sin embargo, no podemos quedarnos de brazos cruzados, observando impasibles a nuestras mujeres caer producto de las estocadas mortales de un machismo trasnochado, propio del paleolítico inferior.  En ese tenor, urge que innovemos las estrategias para fomentar una cultura de paz en las parejas. 

Comencemos reforzando la educación desde lo positivo, sin dejar de abordar la trágica realidad tal como se nos presenta cuando sea necesario. Por ejemplo, ¿por qué no hablar de "Dirección de Equidad de Género" o de "Dirección Nacional de Promoción de la Familia", en lugar de "Dirección de Violencia de Género"?  


¿Por qué los gremios que agrupan a los profesionales de la radio y la televisión no son mucho más drásticos en la aplicación de sus respectivos códigos deontológicos cuando de lenguaje violento y promotor de antivalores se trate, y no siguen optando por dejarle todo al Estado?  

Las autoridades del Ministerio Público y de la Policía Nacional deberán redoblar los esfuerzos para capacitar a los agentes de la seguridad ciudadana que trabajan en las áreas de violencia intrafamiliar y de género. Se necesita mayor eficiencia y un tratamiento que minimice las posibilidades de una revictimización de las mujeres. Esto es algo muy delicado.

Proponemos también un programa de formación para hombres en lo que respecta a Derechos Humanos y Equidad de Género.  Pero no nos referimos a las capacitaciones y sesiones terapéuticas que se llevan a cabo con hombres agresores, sino que la estrategia se enfocaría especialmente en varones de todas las edades (incluidos adolescentes) que no estén en conflicto con la ley, que sean referentes de buen trato y con vocación docente, para que se conviertan en multiplicadores del mensaje mucho más comprometidos y mucho más competentes. 

En este sentido, hablamos de un programa con el nivel de diplomado, con mayor alcance, no de simple charla o taller.

Otra medida que podríamos implementar sería hacer mayor énfasis en los distintos grupos en el sentido de que no se trata de una competencia por el poder y el control entre unos y otras. Por lo contrario, el objetivo es convivir en un clima de equidad y donde las relaciones cooperativas sean la norma.

Efectivamente, no podemos bajar la guardia. Tenemos que replantearnos algunas estrategias y adicionar otras.  Esto, sin perder de vista lo que entendemos debe ser el eje transversal de todo programa, todo proyecto, toda acción orientada a detener la violencia contra las mujeres:  la familia, el principal grupo primario, donde todo comienza y todo termina.  

Es allí donde se incuban, tanto en ellos como en ellas, los estereotipos y prejuicios que finalmente sustentan el comportamiento violento de los hombres.  Por ello, más que violencia "de género", debemos abordar la cuestión como violencia intrafamiliar.  Todo ello, sin dejar de atender también la Educación Básica

Y es que los padres y las madres, así como los maestros y las maestras,  deben ser capacitados mucho más en estos temas, amén de convertirse en modelos de convivencia social para los niños y las niñas.  Porque, de lo contrario, continuarán emergiendo generaciones de seres humanos atrapados en este círculo vicioso.  

Si promovemos con las palabras una cultura de paz mientras agredimos tanto física como verbalmente a aquellos con quienes convivimos, habremos estado perdiendo el tiempo. Porque las acciones inspiran más que las palabras.  Ese es el principal desafío.

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