Introducir perros adiestrados con fines terapéuticos en las unidades de cuidados intensivos (UCI) de los hospitales puede aliviar el daño físico y emocional de los pacientes de una manera sustancial y segura, afirmaron especialistas médicos de la Universidad Johns Hopkins.

En un artículo publicado en la revista Critical Care, los especialistas defienden la conveniencia del uso de esos perros no solo para ayudar a pacientes cuyo estado no reviste gravedad, a la luz de los resultados de un programa piloto desarrollado en 2017 en la UCI del hospital de la Johns Hopkins, en Baltimore (Maryland).

También recomiendan a otros hospitales probar estas "intervenciones no farmacológicas".

Dale Needham, profesor de Medicina y de Rehabilitación y Medicina Física en la Facultad de Medicina de la Johns Hopkins University, subrayó que un animal de terapia puede ayudar a personas ingresadas en la UCI a ponerse activas y a comprometerse con el objetivo de lograr su propia recuperación lo antes posible.

El especialista considera que a los pacientes de la UCI habría que "darles menos medicamentos y confiar más en las intervenciones no farmacológicas, como la musicoterapia, la terapia de relajación y la terapia asistida por animales".

Los respiradores, los tubos, catéteres y otros dispositivos tecnológicos que suelen colocarse a los ingresados en la UCI les "deshumanizan" y "desmoralizan", y a eso se añade que suelen estar sedados y postrados en cama, lo que les puede provocar debilidad muscular, confusión mental, depresión, ansiedad y estrés postraumático, señala.

Los estudios muestran que hasta un 80 % de los pacientes de UCI sufre de delirios, confusión y a veces alucinaciones mientras están allí internados e igualmente cada vez hay más evidencias de que esos problemas se reducen en pacientes más activos y menos medicados.

Por eso, después de conocer los resultados positivos logrados con la terapia canina en la unidad de rehabilitación del hospital, se decidió adaptar el protocolo para probarla en la UCI.

Los diez pacientes de la UCI que recibieron visitas de estos perros en 2017 tenían edades entre los 20 y los 80 años y diagnósticos variados.

Cada uno de estos pacientes recibió al menos una visita de 20 a 30 minutos durante su estancia en la unidad y en algunos casos esa visita incluyó la presencia de un terapeuta físico u ocupacional.

"Los datos muestran desde una perspectiva psicológica que los perros pueden ayudar a los pacientes, por ejemplo, dándoles un motivo para estar más activos", dijo Megan Hosey, profesora adjunta de rehabilitación y medicina física.

El protocolo elaborado por Needham, Hosey y otros especialistas establece que para poder recibir las visitas de los perros, los pacientes deben estar conscientes y lo suficientemente alertas para relacionarse con el animal, no tener riesgo de infecciones y obviamente estar interesados en esa visita.

En cuanto a los perros, deben estar registrados en el programa Pet Partners, que asegura que tanto los animales como los que los manejan están al día en la preparación necesaria.

Dada la respuesta positiva de los pacientes, el equipo planea medir en futuras experiencias si la terapia canina produce cambios en el dolor, la capacidad respiratoria y el estado de ánimo.

"Una vez que tiene un perro en la habitación mirándole a la espera de que le de una palmadita o una golosina, al paciente se le hace duro no involucrarse", dice Hosey.

A veces tan solo hace falta que el perro se siente junto a la cama, porque constituye una presencia calmada y cariñosa que aparece para mejorar el ánimo y aliviar el dolor, agrega.

Hosey opinó que a la luz de los resultados en la Johns Hopkins, otras unidades de cuidados intensivos y otros departamentos hospitalarios deberían considerar las intervenciones no farmacológicas y asociarse con organizaciones como Pet Partners o Assistance Dogs International que certifican a los animales.

También deberían centrarse en pacientes con probabilidades de éxito y mejoría, no en los que padecen delirio o enfermedades contagiosas.

La terapia con animales es "una herramienta en un conjunto dirigido a tratar el alma y no solo el cuerpo del paciente", señala el artículo firmado también por Janice Jaskulski y Stephen Wegener, de la Universidad Johns Hopkins, y Linda Chlan, de la Clínica Mayo.