Por: Jèssica Martorell

La vida sedentaria frente a la pantalla junto al creciente apetito por la comida basura han convertido a China en el país con más obesos del mundo, y la diabetes ya amenaza con arruinar el sistema sanitario de la nación más poblada del planeta.

En los últimos 35 años, el número de niños con obesidad o sobrepeso se ha cuadruplicado, lo que ha convertido este trastorno en una epidemia que alerta, no solo a expertos sanitarios, sino también a economistas, que advierten del impacto que tendrá muy pronto el alto coste de la obesidad y la diabetes para las arcas de la segunda potencia económica mundial.

El número de afectados por la diabetes sigue aumentando sin control y, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya afecta a más de 110 millones de chinos (un 10 % de la población adulta), mientras que otros 500 millones son prediabéticos.

"En este punto, el sistema sanitario chino simplemente no es capaz de hacer frente a estas cantidades tan grandes", explica a Efe Justin Fendos, investigador de la Universidad de Fudan en Shanghái.

Según algunos estudios, el coste promedio de un tratamiento contra la diabetes en los hospitales chinos es de cerca de 3.200 dólares (2.600 euros) anuales por paciente, "aunque es importante tener en cuenta que no todo está cubierto por el Gobierno".

En el caso de que todos los pacientes con diabetes fueran tratados con dinero público, China necesitaría alrededor de 352 mil millones de dólares (286 mil millones de euros), lo que supone casi un 2,75 % del Producto Interior Bruto (PIB) de 2017.

"No es realista pensar que el Gobierno puede absorber un gasto tan grande", asegura Fendos, que alerta además de que cerca de dos tercios de los chinos que sufren diabetes ni siquiera están al tanto de su condición, lo que evidencia deficiencias en el diagnóstico y en la concienciación social.

Mientras que China centra sus esfuerzos en su crecimiento económico, los expertos advierten de que se están desatendiendo amenazas importantes para su estabilidad a largo plazo.

"El nuevo sueño de China es la prosperidad y una vida sostenible para el futuro", comenta en una conversación con periodistas Peggy Liu, directora de Joint US China Collaboration on Clean Energy (JUCCCE), organización medioambiental que trabaja en China desde 2007.

El bienestar físico es tan importante como el económico, recuerda, e insiste en la importancia de educar a los más pequeños (el 20 % de los niños chinos sufren sobrepeso) a cambiar sus hábitos en la dieta, invadida en la actualidad por productos con altos niveles de azúcar, sal y grasas.

"Hay que influenciarles antes de que se conviertan en adictos al azúcar, la mayor droga del mundo", señala.

Desde JUCCCE llevan tiempo trabajando en el programa "Food Heroes", que se realiza en colegios y centros comerciales de todo el país para educar a los más pequeños y a sus familias sobre los beneficios de hacer buenas elecciones en la mesa.

La eficacia de este tipo de programas se demuestra en países como Japón y Corea del Sur, donde, tras implantarlos de manera obligatoria en los centros educativos, han logrado registrar las tasas más bajas de obesidad en todo el mundo.

Según Liu, estos programas deben ir acompañados de otras acciones gubernamentales como la imposición de impuestos de entre un 20 % y un 50 % a los productos con altos niveles de azúcar.

"La recaudación se destinaría a financiar estos programas educativos. Los impuestos también obligarían a los fabricantes a reducir los niveles de azúcar", asegura.

También Joan Kaufman, de la Escuela Médica de Harvard, alerta de las deficiencias que afronta China en sus labores de prevención de este tipo de enfermedades, que pueden llegar a colapsar el sistema sanitario.

Solo con una prevención adecuada y detección temprana se puede frenar la epidemia del azúcar en el gigante asiático, donde la diabetes ya causa cerca de un millón de muertes cada año, un 40 % de ellas a edades prematuras (antes de los 70 años), según la OMS.

"Los hospitales de China y los sistemas de seguros médicos se verán cada vez más saturados por el coste de la morbidez y la mortalidad de enfermedades crónicas en la población que está envejeciendo", asegura Kaufman.