Por: Belié Beltrán (@Jeltran), licenciado por PUCMM y mágister por APEC en comunicación corporativa. Es autor de los libros “Pardavelito” (cuento) y “Crónicas a la Colmena” (poesía). Fue traducido al alemán por el Goethe Institut y ha ganado varios premios de poesía y cuento.

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En Don Juan, el campo de donde soy, vive mi primo José Daniel. Ahora tiene unos diez años.

Desde muy pequeño es amante de dibujar, de los dinosaurios, dragones y la zoología. También tiene mucho interés por las mutaciones y la radioactividad.

La cuestión es que hace unos tres o cuatro años  me mostró un dibujo que acababa de hacer. Suele suceder que los niños no comprendan del todo que los ciegos simplemente no podemos ver las cosas.

Así que, le pedí que me describiera el dibujo. Me contó la imagen de una pequeña bruja que tenía el rostro en el centro de una flor y a su alrededor había dibujado una abeja.

Cuando le pregunté el nombre de la bruja se quedó pensando un segundo y luego contestó el nombre de la bruja que hay en la siguiente historia. Este cuento, como ya verán, nació en ese momento. Lo escribí pocos días después.

El Niño Y La Bruja De Colores

José Daniel tenía un don y un perro. Son pocos los niños que pueden salir a los patios de sus casas seguidos de su don y protegidos por su perro.

El don le seguía a todos lados, lo que a veces era una molestia porque José Daniel debía llevar lápices de colorear y papel a todas partes. Si una tarde iba con su mamá a visitar a la tía y se le olvidaba el papel y los lápices de colores, sufría mucho. Lo que sucedía era que el don de José Daniel era el de hacer historias en colores. Por eso cuando una historia le pedía que le dejara salir mientras él visitaba a la tía, tenía que correr por la casa a toda velocidad. Corría como cuando necesitamos ir al baño con urgencia.

--Tía, tía- Decía a toda prisa --¿Puedo tomar papel y lápices de colorear del armario?-

Si la tía por ejemplo le contestaba:

--José, pero es que ahí no hay lápices de colores-

Él sentía tanto enfado que sus ojos azules parecían un lago de agua hirviente y su rostro ardía como una antorcha o la llama de una fogata. Cuando la tía le miraba apretar los dientes para pedir los lápices, le buscaba lo que necesitaba lo más rápido posible.

Las historias que le pedían salir a José Daniel casi siempre eran de Pegaso y sirenas o dinosaurios feroces y vegetarianos. Pero una vez, mientras se preparaba para ir a visitar a la tía tuvo que tomar sus útiles de pintar con más prisa que nunca. Una historia le estaba tocando las puertas del don y quería salir de inmediato. Aquella vez fue tan especial que incluso su perro empezó a ladrar con fuerza porque la historia estaba haciendo más ruido que ninguna de las que hasta el momento había dibujado el pequeño.

--¡Qué historia tan molesta!- decía José Daniel. El perro ladraba para opinar también.

De una vez el niño se acostó en el piso a dibujar. No hizo caso a la mamá que le llamaba para que fueran a casa de la tía.

-Mamá, ahora no puedo ir, estoy coloreando una historia nueva- Contestaba José Daniel.

Pero para la mamá eso no era tan importante. Ya se sabe que los adultos no suelen entender muy bien lo difícil que es andar por las calles con una historia de colores que quiere salir de uno, sobre todo una  tan molestosa. La mamá le obligó a recoger los lápices y el papel.

--Tú terminas esa historia cuando volvamos- Le dijo.

Seguro que si ella hubiera sabido todo el ruido que hacía la historia, lo habría dejado terminar. Pero como no entendió, la casa empezó a temblar, de todas partes se escuchaba el ruido de una voz que gritaba:

--¡Déjame salir! ¡Déjame salir! ¡Dibújame pronto!-

El pequeño empezaba a tener el rostro como llama de fogata y los ojos ya parecían lagos de agua hirviente, pero tuvo que ir de todas maneras a casa de la tía. En todo momento el perro ladraba para que se fueran, porque la historia lo estaba enloqueciendo. José Daniel corrió tanto que incluso la tía pensó que el niño tenía ganas de ir al baño:

--¡Lo que necesito es dibujar, no ir al baño!- Dijo José Daniel muy molesto.

Cuando José Daniel, su perro y la mamá regresaron, la casa temblaba y una luz de muchos colores le salía por las ventanas y los huecos de las puertas. El niño se asustó muchísimo. Pensó que la historia que había dejado inconclusa era la causante del desorden.

Al entrar en su cuarto oyó una vocecita que lloraba de dolor:

--¡Me duele! ¡Me duele! ¡Mi brazo me duele mucho!-

José Daniel se acercó al sitio del que salía la vocecita. Se sorprendió tanto que los ojos le parecieron un lago azul sin agua y la cara se le puso como una fogata apagada al ver que quien gritaba de dolor era el dibujo.

Desde que el dibujo de la hoja de papel vio a José Daniel empezó a gritarle muy enfadada que terminara de dibujarle. En la hoja había una flor con una carita sonriente en el centro, moviéndose en todas las direcciones. Junto a la flor, de pie, había una pequeña hechicera de nariz con pecas y coletas en el pelo:

--¿Qué me ves?—Le dijo la pequeña bruja a José Daniel.

--Termina de dibujarme el brazo. ¿No ves que me duele muchísimo? ¿Te gustaría que te dejen colgado en una hoja de papel sin que terminen de dibujarte la nariz o los ojos o las manos?-

La casa se había quedado en silencio y ya no temblaba ni le salían luces de colores. Hasta el perro se calló por el asombro. José Daniel no dijo nada.

--Dale, coge los lápices de colores, termina de dibujarme el brazo que me falta y mi varita mágica. Por favor que sea una varita azul con chispitas amarillas. Las varitas azules con chispitas amarillas son las más poderosas.

El pequeño empezó a dibujar de una vez. Hizo un brazo y  una varita azul que lanzaba chispitas como estrellitas amarillas.  Cuando terminó le pintó a la bruja un lacito verde en su sombrero y a la flor sonriente una abeja naranja.

La brujita, al ver su brazo nuevo y la varita que acababan de dibujarle, empezó a saltar de alegría y a lanzar hechizos de todos los colores posibles. Tan contenta estaba que hizo un sol rojo y nubes en su cielo de papel. Durante mucho rato la varita mágica soltó chispas y con cada chispa de color sucedía algo incluso fuera del dibujo. Primero le nació un níspero en el pelo al perro, a José Daniel le creció grama en el rostro y la habitación se llenó de grillos bailarines. El pequeño José Daniel se enfadó muchísimo con todo lo que sucedía, si su mamá entraba en el cuarto le gritaría por algo que no hizo él sino la bruja:

--¡Basta! ¡Basta!- Gritó José Daniel a la pequeña bruja. Todo se quedó en silencio, los grillos dejaron de bailar en el cuarto, la flor y la abeja naranja se quedaron quietas y la  varita mágica dejó de lanzar chispas de hechizos.

El rostro de la brujita se sonrojó y antes de que José Daniel pudiera hacer nada, ella saltó del papel a la habitación. Con un toque de la varita le quitó al perro el níspero que le creció en el pelo, al niño la grama y mandó los grillos que bailaban por todas partes a un país de insectos bailarines. Luego se sacudió las manos y se presentó:

--Hola, me llamo Mindi. Gracias por sacarme de ahí, a veces las hojas de papel son un poquito incómodas y uno no puede voltearse para ver lo que tiene en la espalda.

El pequeño José Daniel miraba a Mindi sin decir nada. Su asombro era más grande que el que sentía cuando tenía que llevarse las dos manos a la boca para evitar que le siga entrando sorpresa en el cuerpo. Se quedó muy quieto, como la fotografía de una roca gigante, hasta que el perro empezó a ladrar y él tuvo que defender a la brujita del papel.

Desde ese día José Daniel tuvo, además de un don y un perro, una amiguita que sabía hacer magia. En las tardes, antes de ir a casa de su tía, José Daniel jugaba con Mindi. Él trataba de enseñarla a dibujar historias vivas y ella le mostraba cómo hacer hechizos sencillos.

Un día, Mindi pudo dibujar una varita mágica para regalársela a José Daniel. Como al pequeño le gustaban todos los colores y no se decidía por ninguno, la pequeña hechicera hizo que la varita cambiara de color con el clima.

Si hacía mucho frío la varita se ponía blanca. Cuando la tarde era muy calurosa, entonces la varita se vestía de naranja. En las noches le brillaban muchas estrellitas.

Así fue como José Daniel y Mindi se convirtieron en un dibujante de historias y una bruja de colores. Ahora cuando había que visitar a la tía, Mindi se metía en una casita que José Daniel le dibujó, luego él la guardaba con mucho cuidado para no estrujarla y la dejaba salir al llegar. Una hoja de papel es un transporte muy cómodo. José Daniel pensó que un día iba a pedirle a Mindi que le ayudara a entrar en su propia hoja para viajar entre colores.

Foto: Javier Celado

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